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Raúl Bracho, Colaborador de Kaos en la Red

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Ser la primera reserva mundial en petróleo hace que el imperio nos apunte en la nuca.

El imperialismo campea su agónica crisis con desespero, donde quiera que existan subsuelos con combustible fósil, allá disparará tarde o temprano, su imposibilidad de dominar en los países árabes y lograr producir petróleo, le hace pensar en Venezuela, que cada día certifica tener las más grandes reservas de petróleo del planeta. Hoy impone sanciones a la estatal PDVSA por la supuesta violación de las restricciones que como emperador impuso USA al resto de las naciones: prohibido expender combustible fósil a Irán so castigo de ser execrados del mercado y engrosar la lista de países que arropan a gobiernos terroristas. Hoy el imperio anuncia que PDVSA es sancionada, no se entiende muy bien cuáles serán las sanciones pero si podemos sospechar dos claras intenciones: Obama y la Clinton vuelven a insistir en Irán y su criminalización por país terrorista y comienzan su ataque sancionando a Venezuela y acusándola de ser cómplice al darle insumos para el programa de Irán para fabricar un arsenal atómico. Como es la nueva costumbre imperial solo hace un boceto para empezar sus `patrañas, ya debemos empezar a sospechar cuales serán las próximas jugadas.

La intención de impedir a toda costa que en las elecciones del 2.012 se consolide la revolución bolivariana le imponen esta agenda que hoy comienza, ante la absoluta ineficacia de la oligarquía criolla que ya solo sirve para escarbar miserias y tratar de recuperar sus propias fortunas desahuciadas, el imperio atacará a Venezuela cada vez más frecuentemente y para ello cuenta con sus lacayos de costumbre: Colombia y Perú, que quizá veamos caer en la trampa de su telaraña el próximo mes en una segunda vuelta bastante manipulada, donde Keiko seguramente seguirá al mando del virreinato, con su par Santos y por allá abajo Piñera, quienes orquestarán junto a gobiernos pitiyanquis como Panamá y Honduras una campaña frontal contra Chávez y nuestra revolución bolivariana.

El petróleo es el valor más significante del sistema económico que trata de sobrevivir, la guerra su carburante. Vendrán de la mano abrazados a las banderas manchadas de engaño y falsedad con las que el imperio suele engañar a tantos: la justicia y la libertad.

La astucia de Venezuela, al tratar de aletargar lo más posible esta ola desestabilizadora e insistir en la unidad latino americana deberá medirse muy pronto y, en último caso, obligar a los lacayos a quedar en descubierto. El camino pacífico que conlleva todo el oleaje de cambios que desde hace doce años sucede en nuestro continente deberá afrontar una nueva arremetida ante un imperio que cada vez está mas desacreditado. Tratar de criminalizar a Chávez deberá pasar por superar la claridad de muchas y muchos que ya han visto los anteriores intentos, el imperio debió sacar a Uribe por su deficiente desempeño, muy descarado y frágil que a dado paso a un oligarca que “se reúne” en la unidad tan solo por su origen de clase oligarca y que, sin embargo es usado por nuestra revolución como un tiempo de calma para fortalecer la fuerza transformadora. Se acerca la hora en que debemos alcanzar la gran victoria electoral impidiendo a los intentos de desestabilización lograr derrotarnos.

El petróleo es nuestro, de forma soberana defenderemos nuestra decisión de venderle a quien vendamos, en el fondo de todo, el imperio sabe que depende de nosotros aun al tratar de demostrar lo contrario, Serán los dueños del gran carro de la civilización capitalista imperial, pero sin combustible en su tanque, ese carro no podrá desplazarse sino hacia su propia destrucción.

Venceremos.

Tomado de Adital

NdE: Lea también:

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Imagen agregada RCBáez

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Por Wilkie Delgado Correa*

“He comprendido por qué los norteamericanos no saben hacerse amar y consiguen frecuentemente hacerse detestar por el mundo entero”.

Han transcurridos dos meses y los bombardeos de la “coalición” de la OTAN prosiguen cayendo como una maldición sobre instalaciones y poblaciones libias, amparados en la resolución 1973 del Consejo de Seguridad, culpable de los desmanes pero objetivamente transgredida y violada por sus implementadores, y, a pesar de que los aviones libios no vuelan ni a ras de tierra ni ruedan sobre las pistas, la sofisticada aviación de los europeos y norteamericanos, verdaderas máquinas para matar y destruir con el disfrute de una impunidad total, no parecen tener fin para perpetrar la violación de la soberanía de un país y disfrazarla impúdicamente con el eufemístico nombre del establecimiento de una zona de exclusión aérea en aras de proteger la vida de civiles.

Ahora los aviones tripulados de la OTAN y los drones no tripulados de los Estados Unidos, teledirigidos por la “inteligencia” humana y artificial andan como halcones imperiales a la caza de una presa llamada Gaddafi, que le ha resultado más difícil de lo pronosticado, y que, además de todos los atributos malvados que les achacan, acumula otro más perverso, para la visión de los Cameron, Sarkozy, Berlusconi y Obama, el de ser escurridizo y no dejarse matar. Pues estos personajes, ¡oh, degeneración y desvergüenza de la política actual!, hablan de la eliminación de las personas, y lo más indignante es que la practican, como si se tratase de capos dirigentes de las mafias criminales comunes del pasado y del presente. ¿Alguien puede entender y justificar este lenguaje moralmente despreciable en boca de dirigentes de países que se presentan como civilizados?

A estos personajes, ya solos o agrupados, sonrientes o serios según la ocasión y los escenarios donde se reúnen las cofradías, se les observa con sus vestimentas caras e impecables, acicalados como vedettes o personajes del mundo artístico o cinematográfico, en plena actuación dramatúrgica, con declaraciones ajustadas al libreto teatral, pero siempre con tono de perdonavidas, mientras sus palabras reflejan el engaño de una definición contraria al sentido real de las mismas.

Mientras tanto, a pesar de que sus pueblos no viven los mejores momentos de bienestar, y protestan con algo de fuerza pero quizás todavía no con toda la posible y necesaria, ellos viven en la molicie y abundancia que les garantiza su complicidad y pertenencia a la plutocracia que gobierna delante y detrás del trono. Bueno sería que las masivas movilizaciones de protestas por las medidas de corte neoliberal aplicadas alcancen tales dimensiones que sirvan para ponerlos en ridículo y apuros, en el momento preciso en que andan alebrestados, alarmados y entrometidos selectivamente por las protestas ocurridas en algunos de los países árabes, pues ante las que se desarrollan en sus aliados, ellos no se ocupan, callan y se hacen los ciegos. Sería bueno que quedaran suficientemente en evidencia en esos países de Occidente la dureza del corazón de esa clase dirigente y la hipocresía de sus élites.

Cada día se hace realidad las denuncias previas de que bajo el manto de tan nefasta resolución del Consejo de Seguridad, los Estados Unidos y los países europeos iban a imponer sus condiciones en la ejecución de la misma, y sus resultados se caracterizarían no por sus fines humanitarios, sino por los mortíferos para todo el pueblo libio y en especial para la parte que apoyara a Gaddafi. De nada valen las voces de países como Rusia y China, miembros permanentes del Consejo de Seguridad, tampoco se tiene en cuenta a la Organización de la Unidad Africana ni las voces de otras organizaciones de países, o de gobiernos independientes, y menos las manifestaciones de organizaciones sociales y políticas y de personalidades de todo el mundo. La guerra no declarada contra Libia la mantendrán los poderosos hasta que destruyan todo lo que consideren necesario para imponer sus intereses, sin importar el costo humano, material y espiritual del pueblo agredido.

El pueblo de Gran Bretaña debía recordar los tiempos en que su país recibía los bombardeos sistemáticos de la aviación nazi. El pueblo francés debía sentir todavía, en carne doliente, lo que significó la ocupación alemana de su territorio. El pueblo italiano debía reconocer el precio que tuvo que pagar por su fascismo y su alianza agresiva con Alemania durante la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, ahora los gobiernos de estos países y otros forman parte de una alianza para agredir a un país que no ha lanzado ni una piedra sobre sus territorios en un gesto de ofensa, ni ha podido, en defensa propia, causarle una sola víctima en acciones de riposta a los bombardeos sistemáticos.

No debe olvidarse que los conquistadores de antes y de ahora, cada vez que alcanzan un palmo de tierra, extienden más los brazos, también los dedos, en procura de abarcar hasta donde les sea posible, si la resistencia no les parte los dedos o el brazo.

Es que todos estos países engreídos y soberbios, en el colmo de su opulencia y poderío, parecen que no pueden despojarse, a pesar de que el proceso de descolonización puso fin al carácter físico extraterritorial de los imperios, de las ínfulas que permanecen en sus genes, y quieren revivir como posible un nuevo reparto del mundo, aunque ahora, hipócritamente, quieren que los países representados en la ONU, cuya mayoría obtuvo su independencia de estas potencias a base del derroche de valentía y de sangre derramada a raudales, les convaliden sus injerencias y concuerden con este nuevo designio conquistador, mediante un comportamiento abúlico, cobarde, cómplice y servil.

Albert Camus, escritor francés y Premio Nobel de Literatura, intuyó muy bien la actitud europea, y, por extrapolación también a la norteamericana, tal como la describe el protagonista de la novela “LA CAÍDA”:

Trata un asunto que es de la mayor trascendencia, y tiene que ver con los destinos de un pueblo o de los pueblos, y el personaje hace referencia y habla, ante algunos amigos, “sobre la dureza del corazón de nuestra clase dirigente y la hipocresía de nuestras élites”.

También dice el personaje en su monólogo: “Sé perfectamente que no se puede prescindir de dominar o de ser servido”.

Ante este planteamiento en la obra de Camus, cabe a la vez que nos  preguntemos: ¿Será esa la filosofía política de nuestros imperialistas de allá y acullá en este mundo actual del siglo XXI?

Y continúa sus reflexiones el personaje de la “Caída”: “Hace falta que alguien tenga la última palabra. De lo contrario, a toda razón siempre se le podría oponer otra, y no se terminaría nunca. El poder en cambio, lo resuelve todo. Nos llevó tiempo, pero al final lo comprendimos. Por ejemplo, debe haberlo notado, nuestra vieja Europa ya filosofa del mejor modo. No decimos más, como en los tiempos ingenuos: “Yo pienso así, ¿qué objeciones tiene?” Nos volvimos lúcidos. Hemos reemplazado por el comunicado. “Esta es la verdad”, decimos. “Siempre la puede discutir, no nos importa. Pero dentro de unos años habrá una policía que le demostrará que tengo la razón”.

Tal parece que esos años ya llegaron, y no se trata sólo de una policía cualquiera para ejercer su represión en el interior de los países de Europa, ahora Unión Europea, que la hay, sino de los ejércitos de mar, aire y tierra de la OTAN, listos para actuar en cualquier escenario donde crean conveniente desplazarse para demostrar “su verdad” y que “tienen la razón”.

¿Quieren un panorama más pavoroso para el presente y futuro de la humanidad si esta filosofía no se ataja y es derrotada antes que otra cosa sea, es decir, el entronizamiento de la tiranía mundial por una decena o dos decenas de países endiosados por su poderío?

Al igual que Camus, el escritor Ray Bradbury se pronunció, como muchos otros escritores norteamericanos famosos, sobre la realidad de la política y el comportamiento de los norteamericanos, mejor sería decir de los yanquis, o sea la parte prepotente y engreída de los Estados Unidos, que incluye a las élites políticas y sociales de ese país, y que miran al resto de los países del mundo, ya como subordinados o como aliados de menor cuantía.

Recuerdo a un profesor y economista canadiense, que en una disertación expresó que los norteamericanos se comportan en muchos terrenos y, en especial en política, como unos elefantes dentro de un laboratorio repleto de cristalerías.

Debido a esa actitud desde hace mucho tiempo está presente en el mundo una fobia  y un rechazo anti-yanqui, que se origina en las acciones de amenazas, agresiones y guerras, de proporciones diversas, y lo cual ha sido tratado en informaciones, artículos de opinión, entrevistas, ensayos, libros, documentales, películas, etc.

Es una perspectiva que aborda tanto la gente común como los artistas, escritores, políticos, religiosos y otros actores de la historia pasada y presente. Y nada indica, si no cambian los gobernantes y la clase o plutocracia que dirige a ese país, que esa apreciación y sentimiento no continúe su curso demoledor para el prestigio de los Estados Unidos y su futuro como imperio.

El famoso y multipremiado escritor norteamericano Ray Bradbury declaró en 1968 a la prensa lo siguiente:

“Recientemente he releído el libro de Bernard Shaw y he comprendido por qué los norteamericanos no saben hacerse amar y consiguen frecuentemente hacerse detestar por el mundo entero. Shaw señala que nosotros simplificamos demasiado las cosas y las ideas, transformándolas en verdades absolutas, que pensamos y vivimos a través de juicios convencionales y esquemas preconcebidos.

Es que no entendemos de matices. Para el norteamericano corriente, los comunistas tienen que ser necesariamente horribles y malvados, no puede haber buena gente en Vietnam o en China Roja. Nada bueno puede haber de positivo en el comunismo, piensa el hombre del montón. En ese absolutismo sin matices se cometen faltas de apreciación y hasta verdaderas estupideces, como siempre que funciona el odio o la indiferencia humana.

Uno de los problemas es que nos faltan grandes hombres. Hasta nuestros mejores presidentes fueron una mezcla de bueno y malo. Roosevelt, por ejemplo, fue óptimo en la política nacional y salvó a los Estados Unidos de la depresión, pero fue pésimo en política extranjera. Colaboró en la derrota de la República Española. Kennedy fue satisfactorio en algunas cosas y funesto en otras, como en la aventura de Bahía de Cochinos.

Contemplando la actuación posterior de otros presidentes se podría añadir, siendo fiel al análisis de Bradbury, que Carter fue el más ético y progresista en su visión de la política exterior, por cuyas acciones posteriores fue galardonado con el Premio Nobel de la Paz, Sin embargo durante su mandato se enzarzó en el apoyo a la oposición en Afganistán y apoyó al Sha de Irán y luego autorizó la frustrada y estrepitosa operación de rescate de rehenes en Irán, que fue un factor de su derrota en su aspiración para un segundo mandato.

Clinton fue un presidente carismático que condujo al país a una situación económica privilegiada y éxitos en su política exterior, sin embargo se involucró en la guerra de Kosovo, en escándalos sexuales y aprobó un engendro de ley estúpida, la ley Helms-Burton contra Cuba y el resto del mundo, que constituye una barrabasada legislativa y normativa de política exterior.

Obama prometió grandes cambios después del período gris, lodoso y genocida de W. Bush, sin embargo prosiguió las mismas guerras de su predecesor y la extendió a Pakistán y recientemente a Libia y continúa manteniendo la prisión execrable en Guantánamo. Nada de lo que prometió acabar si era presidente, lo ha cumplido hasta el momento. Y a pesar de haber recibido el Premio Nobel de la paz, más por sus promesas que por sus obras, se comporta como un equilibrista a fin de garantizar la reelección y un émulo en acciones del abominable W. Bush.

Y continuaba Bradbury en el análisis mencionado: “A veces me pregunto si no es nuestra falta de virilidad en casa lo que nos hace tan dictatoriales y destructores en los demás países. Cobardes en el hogar, con nuestras mujeres, nos desquitamos fuera y pretendemos ser prepotentes con los demás. Somos un pueblo de varones inmaduros absolutamente”.

Como vemos, estas opiniones de Bradbury, son una especie de bisturí que abre y pone al descubierto las entrañas viscerales, la psicología y el carácter de las ínfulas que muestran al mundo los políticos norteamericanos, y estos juicios son coincidentes con el de muchos otros ilustres hombres de ese país, digamos Hemingway, Henry Miller, Noam Chomsky, Edward Zinn, Mikel Moore, etcétera.

Por tanto los criterios citados de Camus y Bradbury sobre Europa y los Estados Unidos, actuales socios en guerras iniciadas en un periodo que abarca diez años, incluyendo Afganistán, Irak, Pakistán y Libia y otras intervenciones y amenazas de agresiones en otros rincones, sirven para caracterizar un comportamiento político de naturaleza imperial que amenaza al resto de los países del mundo, y en particular a la paz y la supervivencia de la humanidad.

¡Pero qué magnífica instantánea la de estos dos escritores para un retrato de la realidad política de Europa y Norteamérica, en sus papeles de mandamases en el planeta!

El retrato pudiera exhibir como título esta idea de Bradbury: ¿Por qué ser tan dictatoriales y destructores en los demás países? O quizás también esta aseveración de Camus, ante la reconocida dureza del corazón de la clase dirigente de esos países y la hipocresía de sus élites: “Si la lucha es difícil, las razones para luchar son siempre claras”.

* Profesor de Mérito del Instituto Superior de Ciencias Médicas de Santiago de Cuba; escritor y periodista.

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Por Salvador Capote*

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En su reciente discurso en Washington, el presidente Obama se refirió a la necesidad de una reforma migratoria como un imperativo moral. Sin embargo, las deportaciones han aumentado considerablemente con la actual administración. Según datos de “Immigration and Customs Enforcement” (ICE), tanto en el año 2009como en el 2010 la cifra de deportados superó en unos 100,000 la del 2007. Estados Unidos está deportando actualmente más de mil personas al día como promedio; es decir, más de una por minuto (1.4). De país de inmigración, se está convirtiendo en país de deportación. El arzobispo de Los Ángeles, California, José H. Gómez, que preside el Comité de Inmigración de la Conferencia de Obispos de Estados Unidos, señaló –en respuesta al discurso del presidente- la falta de acción gubernamental en la reforma del sistema migratorio. “Nuestras políticas están destruyendo familias en nombre de la ley” –expresó el Arzobispo- y añadió: “Tendríamos que reunir y fortalecer a las familias, no separar esposas de esposos y niños de sus padres”.

Ojalá las palabras del presidente Obama no queden como pura retórica electoral, al igual que los cambios prometidos en su última campaña. Cambios internos tendremos en el futuro segura mente pocos, pero en política exterior sí habrá mucho meneo, más que en un sambódromo carioca, si amplía la guerra  a otros países y tiene que perseguir a los lugartenientes de Al Qaeda por toda la galaxia. Con respecto a la ultra derecha cubana miamense, beneficiada por la Ley de Ajuste y otros privilegios -único grupo hispano que se opone a la reforma migratoria-  el despiste del presidente es igual o parecido al de las administraciones anteriores.

Tal vez no sea casualidad, que en el borde de los pantanos de Everglades, lugar tradicional de entrenamiento de mercenarios para ataques terroristas contra Cuba, el Centro de Detención de Krome (Miami, Florida), sea sacudido periódicamente por escándalos a causa de abusos, acoso sexual, violaciones, maltratos y torturas contra los detenidos. El más reciente tuvo lugar en el verano de 2010. Informes de “Human Rights Watch” y de “American Civil Liberties Union” (ACLU) revelaron que en las cortes del Condado Dade fiscales y jueces deportan rutinariamente a personas con deficiencias mentales que carecen de la capacidad básica para entender lo que está sucediendo. La mayoría de estos reclusos son llevados a corte sin abogados que los representen y se les impide reclamar la ciudadanía o argumentar contra su deportación.

Pero debemos estar de acuerdo con el presidente en que la reforma migratoria es un imperativo moral. Paradójicamente, los ultraconservadores, los que pretenden ser los guardianes de los valores morales y religiosos de la nación, son los que se oponen más airadamente a la reforma. Tal vez, de las Biblias que guardan en sus mesitas de noche, haya desaparecido el claro y preciso versículo 19,34 del Levítico: “Al inmigrante que mora con vosotros lo consideraréis como nativo y le amaréis como a vosotros mismos, pues inmigrantes habéis sido en el país de Egipto”. Si fuesen consecuentemente cristianos, los análisis partirían desde el corazón del inmigrante, es decir, desde sus sueños y esperanzas, desde sus miedos y sus lágrimas, desde sus aspiraciones a trabajar y a vivir con dignidad, desde su soledad y su nostalgia, desde su pobreza y sufrimiento. Sólo entonces comprenderían que la causa primaria, fundamental, de las migraciones, es la injusta distribución de las riquezas, dentro de cada país, y entre  las naciones del mundo.

¡Qué falta haría otra Primera Enmienda que no sólo garantizase la libertad de expresión del individuo sino también de la voz plural de los inmigrantes y de los diversos grupos de cultura definida que integran la nación! Creo que los derechos de las personas no dependen del país de nacimiento sino de nuestra común dignidad humana, y sueño con un mundo donde exista una identidad universal basada en valores de igualdad, solidaridad y justicia.
Salvador Capote
*Bioquímico cubano, actualmente reside en Miami. Trasmite con cierta regularidad por Radio Miami el Programa “La Opinión del Día”, que aparece poco después en laradiomiami.com. Es colaborador de Areítodigital.net; participa, con la Alianza Martiana, en la lucha contra el Bloqueo impuesto a Cuba por Estados Unidos.

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Reflexiones del Compañero FIDEL: La insostenible posición del imperio

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Nadie puede asegurar que el imperio en su agonía no arrastre al ser humano a la catástrofe.

Como se sabe, mientras exista la vida de nuestra especie, toda persona tiene el deber sagrado de ser optimista. Éticamente no sería admisible otra conducta. Recuerdo bien que un día, hace casi 20 años, dije que una especie estaba en peligro de extinción: el hombre.

Ante un selecto grupo de gobernantes burgueses aduladores del imperio, entre ellos el de inmensa mole bien alimentada, el alemán Helmut Kohl, y otros por el estilo que hacían coro a Bush padre -menos tenebroso y enajenado que su propio hijo W. Bush-, no podía dejar de expresar aquella verdad que veía muy real, aunque todavía más lejana que hoy, con la mayor sinceridad posible.

Al encender el televisor aproximadamente a las 12 y 15 del medio día, porque alguien me dijo que Barack Obama pronunciaba su anunciado discurso sobre política exterior, presté atención a sus palabras.

No sé por qué a pesar de los montones de despachos y las noticias que escucho diariamente, en ninguno vi que el sujeto hablaría a esa hora. Puedo asegurar a los lectores que no son pocas las tonterías y mentiras que, entre verdades dramáticas y hechos de todo tipo, leo, escucho, o veo en imágenes todos los días. Pero este caso era algo especial. ¿Qué iba a decir el tipo a esa hora en este mundo agobiado de crímenes imperiales, masacres o aviones sin piloto lanzando mortíferas bombas, que ni siquiera Obama, ahora dueño de algunas decisiones de vida o muerte, imaginaba cuando era estudiante de Harvard hace solo unas decenas años?

Nadie suponga, desde luego, que Obama es dueño de la situación; solo maneja algunas palabras importantes que el viejo sistema en su origen otorgó al “Presidente Constitucional” de Estados Unidos. A estas alturas, después de 228 años de la Declaración de Independencia, el Pentágono y la CIA conservan los instrumentos fundamentales del poder imperial creado: la tecnología capaz de destruir al género humano en cuestión de minutos, y los medios para penetrar esas sociedades, engañarlas y manipularlas impúdicamente el tiempo en que necesiten hacerlo, pensando que el poder del imperio no tiene límites. Confían en manejar a un mundo dócil, sin perturbación alguna, todo el tiempo futuro.

Es la idea absurda en que basan el mundo del mañana, bajo “el reino de la libertad, la justicia, la igualdad de oportunidades y los derechos humanos”, incapaces de ver lo que en realidad ocurre con la pobreza, la falta de servicios elementales de educación, salud, empleo y algo peor: la satisfacción de necesidades vitales como alimentos, agua potable, techo y otras muchas.

Curiosamente, alguien puede preguntarse por ejemplo ¿qué ocurrirá con los 10 mil muertos por año que ocasiona la violencia derivada de las drogas, fundamentalmente en México, a lo que se pueden añadir los países de Centroamérica y varios de los más poblados del sur del continente?

No albergo intención alguna de ofender a esos pueblos; el propósito es solo señalar lo que ocurre a los demás casi diariamente.

Una pregunta sí hay que hacerla casi de inmediato: ¿qué pasará en España donde las masas protestan en las ciudades principales del país porque hasta el 40% de los jóvenes están desempleados, para citar solo una de las causas de las manifestaciones de ese combativo pueblo? ¿Es que acaso van a iniciarse los bombardeos a ese país de la OTAN?

Sin embargo, a estas horas, a las 4 y 12 p.m., no ha sido publicada la bendita versión oficial en español del discurso de Obama.

Espero me excusen por esta improvisada Reflexión. Tengo otras cosas de las cuales ocuparme.


firma-fidel.jpgFidel Castro Ruz
Mayo 19 de 2011
4 y 16 p.m.

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Por M. H. Lagarde

En lo que se refiere a Cuba, el presidente de Estados Unidos sigue padeciendo de miopía.  En una entrevista con WLTV Canal 23 de Univisión el señor Barack Obama, ha vuelto a afirmar que, a pesar de las reformas ofrecidas por Raúl Castro, hasta ahora no ha visto cambios ‘significativos’ en la isla.

‘Nosotros no hemos visto esos cambios de una manera realista hasta ahora, hemos escuchado que han hablado pero básicamente los presos políticos siguen allí’, dijo el mandatario en una entrevista con WLTV Canal 23 de Univisión.

No se entiende muy bien cómo si Cuba liberó recientemente a más de un centenar de presos, para el presidente de los Estados Unidos los presos aún sigan “allí”. Una gran parte de ellos, incluso, con familiares incluidos, no están ni en Cuba, sino en España.

¿Se tratará de una mala traducción de las palabras de Obama o de un lapsus mentis? O simplemente se refería a que son los mercenarios, al servicio de su gobierno, los que todavía siguen “aquí”. Y seguirán mientras administraciones como la suya sufraguen sus gastos en la indigna tarea de la difamar a su patria.

Según un artículo publicado hoy por The Miami Herald, la USAID gastó, solo en los últimos tres años, de 2007 a 2010, casi 95 millones de dólares en programas para alentar la subversión en Cuba.

Parte importante de ese financiamiento ha sido destinado a abastecer de moderna tecnología a la llamada “sociedad civil” cubana, cuya principal misión, de acuerdo con las orientaciones de la secretaria de Estado Hillary Clinton, consiste, más que en denunciar, en inventar la represión en la Isla.

El mejor ejemplo es el de la reciente muerte del disidente Juan Wilfredo Soto García, a la que también se refirió Obama en la entrevista que le concedió al canal 23.

Según la agencia Notimex: “Obama dijo que aunque no debió de haber sido arrestado ‘aún necesitamos saber más sobre esta situación trágica y la situación específica’.

[Tal vez si Obama viera este video… ]

Por sus palabras, no parece estar muy convencido de la veracidad de las fuentes de la sociedad anexionista cubana financiada por la USAID, una agencia gubernamental estadounidense que, para lograr en Cuba el cambio que seguro sí vería el inquilino de la Casa Blanca, derrocha a manos llenas el dinero del contribuyente norteamericano.

En el artículo publicado por The Miami Herald, Andy Gómez, investigador principal de  Estudios Cubanos y Cubano-Americanos de la Universidad de Miami una organización que obtuvo de la USAID, entre 2002 y 2010, unos $ 6 millones de dólares, afirmó:

“Por desgracia, aquí en Miami se ha creado una industria. Nos reuníamos, y me sentaba allí atónito a ver algunos de los programas inútiles que estaban siendo financiados.

Entre ellos: condones que llevaban grabados la palabra “Cambio”.

Fuente M. H. Lagarde para Cambios en Cuba

      La pregunta de Hatuey: El presidente de Estados Unidos, Barack Obama, en declaraciones a la cadena Univisión ha vuelto hablar sobre Cuba,  ha vuelto a demandar cambios en Cuba: “Para nosotros tener relaciones normales (con Cuba) como las que tenemos con otros países, debemos ver cambios significativos en el Gobierno cubano y eso no lo hemos visto todavía”.
En su discurso apologético en favor de la dialéctica imperial, el mandatario estadounidense ratifica los ancestrales postulados de la política norteamericana . Obama recurre a una metáfora para tratar de convencer a sus cándidos correligionarios: “…Castro llegó al poder antes que yo naciera. Él todavía está allí y básicamente tiene el mismo sistema”.
¿Sabe  el Presidente Obama,  que decenas de años antes de que nacieran los Castros, Estados Unidos ya había declarado sus pretensiones de apoderarse de Cuba? ¿Conoce Obama cuantos cubanos dignos murieron en aras de la Independencia que hoy disfruta el pueblo cubano? ¿Habrá algún asesor que le aclare a Obama que los cambios con los que él sueña, no son negociables?

Imagen agregada RCBáez


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Por Pratap Chatterjee*

Los historiadores todavía discuten si Wyatt Earp fue un paladín de la ley o si sólo construía su propio feudo en Arizona / Crédito:Dominio público
Los historiadores todavía discuten si Wyatt Earp fue un paladín de la ley o si sólo construía su propio feudo en Arizona

Crédito: Dominio público

WASHINGTON, 9 may (IPS) – En el oeste de los filmes de Hollywood, el comisario se enfrenta a balazos con los malos y siempre gana. Esa fue la historia de Wyatt Earp, el estereotipo encarnado por John Wayne, alto, apuesto y anglosajón. A menudo los malos eran “indios” como Gerónimo, el apache que supuestamente aterrorizaba a inocentes colonos.

En esa tradición ingresó el presidente de Estados Unidos, Barack Obama, cuando el 1 de mayo por la noche relató la historia de una batalla de 40 minutos que personalmente monitoreó desde la Casa Blanca, completada con la foto de su equipo nacional de seguridad en acción.

El malo se escondía en una mansión fortificada de un millón de dólares en Abbottabad, norte de Pakistán, en la que los “buenos muchachos” no tuvieron más opción que matarlo.

“Se hizo justicia”, dijo Obama en su discurso de medianoche. Y su gabinete salió a respaldar la historia de los nuevos héroes estadounidenses.

Osama bin Laden, líder y fundador de la red extremista islámica Al Qaeda, “se trabó en un tiroteo con quienes ingresaron al perímetro de la vivienda donde estaba”, dijo el consejero de seguridad de la Casa Blanca, John Brennan. “Hubo un tiroteo y él murió en ese intercambio de disparos”.

Los historiadores todavía discuten si Wyatt Earp fue un heroico hombre de la ley o alguien dedicado a crear su feudo personal en el poblado de Tombstone, Arizona, sudoeste de Estados Unidos.

Muchos de los “vaqueros” a los que se enfrentó eran negros pobres o mexicanos, no guerreros malignos. Y el cacique Gerónimo fue producto de una larga historia de defensa de su pueblo contra los colonos españoles y mexicanos y los soldados estadounidenses que se robaron las tierras de los apaches chiricahuas.

Como la historia de Wyatt Earp, John Wayne y Gerónimo, los hechos sobre el tiroteo de Abbottabad son dudosos, y lo que los hace más problemáticos son las muchas leyes y normas de derechos humanos que infringieron.

Jay Carney, portavoz presidencial, dijo a la prensa el martes 2 que “les suministramos mucha información con demasiada premura… y obviamente algunos de los datos llegaron paulatinamente y son ahora revisados, actualizados y explicados”.

La casa en la que vivía Bin Laden pasó de ser una mansión de un millón de dólares a una de 250.000 dólares luego de que los periodistas interrogaran a empresas locales de bienes raíces. El último registro sobre la propiedad, revelado por la agencia AP, muestra que el terreno fue adquirido en 48.000 dólares.

La Casa Blanca se retractó entones sobre el tiroteo, afirmando que sólo uno de los hombres de Bin Laden disparó desde una construcción adyacente. La “esposa” que fue usada como “escudo humano” por Bin Laden resultó que no era su esposa, que no fue un escudo humano y tampoco murió.

La fotografía en la que Obama aparece observando la operación en vivo en la Casa Blanca despierta sospechas también, pues al parecer la transmisión de video falló. El director de la Agencia Central de Inteligencia (CIA), Leon Panetta, dijo a la televisora PBS “una vez que los equipos ingresaron al recinto, hubo un período de 20 o 25 minutos en los que realmente no sabíamos lo que estaba pasando”.

Mientras la historia se revela, se plantean graves cuestiones sobre la legalidad del operativo, sin mencionar el continuo desacato al derecho internacional en el que incurre la Casa Blanca cuando ordena operaciones militares dentro de Pakistán, un país al que no le ha declarado la guerra.

“Puesto que Bin Laden estaba desarmado, no está claro cómo se resistió al arresto ni si hubo un intento de capturarlo en lugar de matarlo”, dijo el directivo de Amnistía Internacional, Claudio Cordone.

La alta comisionada de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos, Navi Pillay, pidió que se “revelen completamente los hechos precisos” de la operación. “Las Naciones Unidas condenan el terrorismo, pero tienen también normas elementales sobre cómo debe procederse en acciones antiterroristas. Se debe respetar el derecho internacional”.

Hasta líderes religiosos han intervenido en el debate. Rowan Williams, obispo primado de la Iglesia de Inglaterra, dijo al diario británico Telegraph que “el matar a un hombre desarmado siempre deja un sentimiento desagradable porque no se ve como debe verse un acto de justicia”.

Algunos condenaron abiertamente a Obama. El abogado británico en derechos humanos Geoffrey Robertson dijo a la cadena noticiosa BBC que la afirmación del mandatario estadounidense sobre que se hizo justicia “constituye un uso completamente incorrecto del lenguaje”.

“Ésta es la justicia de la Reina Roja: primero la sentencia y después el juicio”, dijo en referencia a “Alicia en el país de las maravillas”.

Una de las preguntas más graves es por qué demoró 10 años la inteligencia estadounidense en rastrear a su presa, cuando ésta vivió aparentemente frente a sus narices al menos la mitad de ese tiempo, en un complejo habitacional vecino a la principal academia militar pakistaní y sin más seguridad que un par de armas.

O los pakistaníes engañaron a los militares estadounidenses o ni la CIA ni el servicio secreto de Pakistán, ISI, tenían idea de lo que pasaba, lo que podría indicar que un hombre de 54 años sometido a tratamiento de diálisis se burló de todos ellos por un buen rato.

Las respuestas yacen en el fondo del mar de Arabia, donde los estadounidenses arrojaron el cuerpo de Bin Laden y, con él, lo que pudo haber sido su más importante fuente de información en una década.

Hay algunos sobrevivientes que podrían arrojar alguna luz sobre los acontecimientos. Pero ninguno de ellos está bajo custodia de Estados Unidos. Amal Ahmed Abdulfattah, la más joven de las tres esposas de Bin Laden, ya dio a los interrogadores pakistaníes detalles sobre los últimos años de su marido.

No importa. Los altos cargos de la CIA ya están dando nuevas historias a los medios estadounidenses, basados en documentos que aseguran haber confiscado.

Osama “no era sólo un mascarón de proa”, dijo un oficial estadounidense que pidió no revelar su nombre al diario The New York Times. “Él seguía complotando y planificando, concibiendo ideas sobre blancos y comunicando esas ideas a otros altos dirigentes de Al Qaeda”, agregó.

Como la historia del pez que se escapó, no hay pruebas sobre ninguna de las nuevas imputaciones. Pero, como pasó con Wyatt Earp, la historia del operativo en Abbottabad estará próximamente en su cine.

Pratap Chatterjee es profesor visitante del Center for American Progress en Washington, especializado en temas de fraude, dispendio y abuso en licitaciones públicas.(FIN/2011)

http://www.ipsnoticias.net/nota.asp?idnews=98143

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Por Salvador Capote

¿Qué sistema de justicia es ése donde el fiscal del gobierno exige a los tribunales rechazar el hábeas corpus de Gerardo, Antonio y René, tres de los cinco cubanos  antiterroristas encarcelados injustamente en Estados Unidos, mientras permite que permanezca impune el asesinato de Carlos Muñiz Varela? (1). Con el teclado de la computadora como escalpelo, continuemos su disección mostrando como las leyes de inmigración de Estados Unidos han estado signadas por la discriminación, la xenofobia, el racismo y, en ocasiones, como en la presente etapa, por la más refinada crueldad.

Los irlandeses fueron los primeros en sufrir el odio de los WASPS o “White Anglo Saxon Protestants” (Anglosajones blancos protestantes). En la década de 1840, huyendo de la hambruna, comenzaron a llegar a Estados Unidos en grandes cantidades. Eran muy pobres, con bajo nivel de educación y católicos. Vivieron hacinados en barrios insalubres en las ciudades situadas a lo largo de la costa atlántica. Los medios de prensa se encargaron de crear los estereotipos: fueron llamados despectivamente “paddys”, variante de la palabra “Patrick” en lengua gaélica (2), y fueron calificados de vagos, violentos y con tendencia al alcoholismo y la criminalidad. En las caricaturas, que aparecían con gran frecuencia en las publicaciones, se les ridiculizaba  mostrándolos con chaleco y sombrero de copa, con grandes narices rojas y siempre con una botella de whisky en la mano.

La creciente frustración de los nativistas, es decir, de los ciudadanos con sentimientos hostiles hacia los inmigrantes en general y hacia ciertos tipos de inmigrantes en particular, determinaron la creación del primer gran movimiento anti-inmigrante en la historia de Estados Unidos. En las décadas de 1830 y 1840 tuvieron lugar motines anti-católicos. Las turbas atacaron impunemente las Iglesias, sobre todo en Nueva Inglaterra y Pensilvania. En 1834, en Boston, quemaron un convento de monjas ursulinas.

En 1843 surgió una organización secreta, “Order of Star-Spangled Banner” (Orden de la bandera de las barras y las estrellas) que poco después se convirtió en el “American Party” (Partido Americano), más conocido como “Know-Nothing Party” (Partido de los que no saben nada), llamado así porque sus miembros respondían de ese modo: “I don’t know” (no sé), cuando alguien indagaba sobre los objetivos y políticas de la organización. Sus miembros provenían de la clase media urbana, se oponían a la inmigración, odiaban a los católicos y trataban de bloquear la asimilación de los inmigrantes a la sociedad.

El partido llegó a tener más de un millón de miembros (1/8 del electorado potencial) y en las elecciones de 1854 y 1855 tuvo notables éxitos, logrando elegir a ocho gobernadores, más de un centenar de congresistas y a los alcaldes de Boston y Chicago. En consecuencia, muchos estados pusieron en vigor ordenanzas y leyes anti-inmigrantes. El presidente Ulysses S. Grant, Jefe del Ejército de la Unión durante la Guerra de Secesión, e integrante de los “Know-Nothing”, expresó en 1875: “Si tuviésemos otra contienda en el futuro cercano de nuestra existencia nacional, predigo que la línea divisoria no será la de Mason y Dixon (3) sino entre el patriotismo y la inteligencia [protestantes] de un lado, y la superstición, la codicia y la ignorancia [católicas] por otro.”

Los chinos fueron los primeros asiáticos que migraron a Estados Unidos, principalmente a las ciudades de la costa occidental, en número significativo, y tuvieron que soportar todo el peso de los prejuicios raciales y étnicos. A comienzos de la década de 1850 emergen los clubs “anticulíes” (4) y esporádicamente se organizan boicots contra productos elaborados por los chinos. Editoriales que resaltaban estereotipos racistas aparecen cada vez con mayor frecuencia en los periódicos de San Francisco. A nivel estatal y local se ponen en vigor abusivas leyes y ordenanzas, como la ley de Oregón (1858) que exigía a los mineros y comerciantes chinos (y solamente a ellos) obtener y pagar una licencia operativa mensual. En 1854, la Corte Suprema de California decidió, en el caso “People v. Hall”, que los chinos no podían testificar en corte contra los blancos. Hall, un hombre blanco, habٌía asesinado a un chino, y los testigos eran de esa nacionalidad.

La terminación en Promontory Point, Utah, en mayo de 1869, del ferrocarril Union-Central Pacific, lanzó de pronto sobre el mercado laboral de California a más de 10,000 trabajadores chinos. La histeria del “peligro amarillo” y de una supuesta invasión asiática a Estados Unidos subió de punto. Se multiplicaron los clubs anticulíes y las turbas racistas realizaron ataques frecuentes contra los barrios chinos. En la Sierra Nevada, los mineros blancos, con la complicidad de las autoridades estatales, despojaron y expulsaron violentamente a los mineros chinos.

En 1874, en su mensaje anual, el presidente Grant se pronunció contra la inmigración asiática y llegó al extremo de afirmar que casi ninguna mujer china “realiza un trabajo honorable, sino que… son traídas para fines vergonzosos”. Al año siguiente, el Congreso aprobó la “Page Act” (5), ley dirigida contra las mujeres chinas. La aplicación de esta ley fue tan estricta que redujo prácticamente a cero la entrada de mujeres de ese país a Estados Unidos. Un comité congresional, establecido por esa misma legislatura, para investigar la inmigración china, incluyó en su informe final que “no hay raza aria o europea que no sea muy superior a la china”.

Con estos avales de un presidente y del Congreso, no es de extrañar que la violencia anti-china alcanzase su expresión más criminal y vergonzosa en la masacre que tuvo lugar en Rock Spring, Wyoming, el 2 de septiembre de 1885, cuando la turba prendió fuego al barrio de los chinos. La cifra exacta de los asesinados no se conoce con exactitud pero se calcula entre 40 y 50. Muchos de ellos fueron quemados vivos, escalpados, decapitados, desmembrados, castrados, con extrema ferocidad. Los que perpetraron la masacre ni siquiera se tomaron el trabajo de enterrar a los muertos y, cuando una semana más tarde llegó por fin el ejército, encontró numerosos cadáveres en descomposición esparcidos por las calles o quemados dentro de las casas. Nadie resultó convicto por los crímenes de Rock Spring. Un gran jurado rehusó presentar cargos aduciendo que no había podido encontrar testigos.

Otros actos de violencia extrema que quedaron impunes tuvieron lugar en diferentes estados, principalmente en California, Oregón y Washington. El 24 de octubre de 1871, unos 500 hombres blancos asaltaron el  “Chinatown” de Los Ángeles y asesinaron brutalmente a numerosos chinos, 84 según algunos estimados. “Chinese Massacre Cove” es el nombre oficial de un lugar a orillas del río Snake, en el condado de Wallowa, Oregón, donde, en 1887, fueron torturados, asesinados y mutilados 34 chinos. Un tribunal absolvió a los que perpetraron la masacre.

En 1881, muchos estados, incluyendo Alabama, Ohio, West Virginia y Wisconsin, presentaron al Congreso peticiones anti-chinas. La legislatura de California declaró un día feriado para facilitar la realización contra esa etnia de manifestaciones públicas. Respondiendo a estas peticiones, el Congreso aprobó la “Chinese Exclusion Act” el 6 de mayo de 1882, que excluía a los trabajadores chinos por un término de diez años. La ley se renovó a su término y, por una nueva ley de 1904, la exclusión se estableció por tiempo indefinido. Lo peor de esta ley es que definió a las mujeres como trabajadoras y, por tanto, los inmigrantes chinos no tuvieron manera de reclamar a las esposas y otros familiares que habían quedado en China. Las familias quedaron divididas durante casi seis décadas hasta que ambos países se convirtieron en aliados contra el Japón durante la Segunda Guerra Mundial y, por ese motivo, el Congreso suavizó algunos aspectos de las leyes de exclusión. La “Repealer Act” (Ley de Revocación) de 1943 les permitió obtener la ciudadanía norteamericana y autorizó que los más ancianos, separados de sus familias durante generaciones, pudiesen traer de China a sus esposas. Como es de suponer, para la gran mayoría, el permiso llegó demasiado tarde.

En 1906, después del terremoto, tuvieron lugar en la costa del Pacífico violentas manifestaciones, esta vez contra los japoneses. La legislatura de California aprobó una resolución solicitando al Congreso “limitar y disminuir” la inmigración nipona. En San Francisco, los negocios de su propiedad fueron vandalizados y los ataques no provocados contra transeúntes de esa nacionalidad resultaban cada vez más frecuentes. El 6 de octubre, el “San Francisco School Board” ordenó que todos los estudiantes japoneses de las escuelas públicas se trasladasen a las escuelas segregadas que funcionaban ya en el barrio chino desde 1885.

Pero Japón era una potencia emergente, no la China débil de aquel entonces por lo que, para evitar complicaciones, el presidente Theodore Roosevelt decidió resolver el asunto por la vía diplomática. Las negociaciones dieron por resultado lo que recibió el nombre de “Gentlemen’s Agreement” (Pacto de Caballeros) que consistió de una serie de seis notas intercambiadas entre las dos cancillerías entre fines de 1907 y comienzos de 1908. El gobierno japonés se comprometió a no expedir documentos de viaje con destino a Estados Unidos a sus trabajadores; a cambio, Estados Unidos permitiría la reunificación de mujeres y niños con sus esposos y padres,  revocaría la segregación de los estudiantes en las escuelas y se comprometería a no permitir acciones violentas contra los inmigrantes japoneses.

En la década de 1910, los agricultores japoneses de California, que poseían solo el 1% de la tierra, estaban produciendo el 10% de las cosechas. La reacción racista no se hizo esperar y en 1913 la legislatura del estado aprobó la “Alien Land Law” (Ley de la tierra de extranjeros) según la cual solo podían poseer terrenos los extranjeros que fuesen elegibles para obtener la ciudadanía. Como la ley de naturalización de 1870 negaba a los asiáticos el derecho a convertirse en ciudadanos, las víctimas de esta ley fueron los japoneses.

Una ley aún más estricta fue promulgada en 1920, y la Corte Suprema en Webb v. Obrien (1923) determinó que el carácter discriminatorio de la ley no violaba la Constitución. Cuando, treinta años después, en 1953, fue al fin declarada inconstitucional, era ya demasiado tarde pues hacía largo tiempo que los agricultores japoneses habían perdido sus tierras.

Al comenzar la Guerra con Japón, aproximadamente 2/3 de los japoneses de la costa del Pacífico eran ya ciudadanos norteamericanos por nacimiento, muchos de ellos por segunda o tercera generación. No obstante, después de Pearl Harbor, todos fueron tratados como enemigos extranjeros y más de 120,000 de todas las edades, por la Orden Ejecutiva 9066, fueron encerrados en diez campos de concentración. Los japoneses-americanos se vieron obligados a vender sus propiedades y pertenencias por una fracción de su verdadero valor.

Aunque la Corte Suprema, en tres decisiones infamantes, ratificó la Orden Ejecutiva de Franklin Delano Roosevelt, actualmente se reconoce que el internamiento fue una acción ilegal, violatoria de las leyes internacionales, y realizada con extrema crueldad.

Historias similares podríamos recordar de otros muchos grupos étnicos. En realidad, desde que originalmente el Congreso, en 1790, restringió la ciudadanía a las “personas blancas libres”, todos los inmigrantes, excepto tal vez los provenientes del norte de Europa, han tenido que enfrentarse a leyes discriminatorias y al fanatismo de los sectores más racistas de Estados Unidos. Las cuotas de inmigrantes establecidas desde 1924 tienen por finalidad preservar la composición étnica y racial de la población de Estados Unidos limitando el número de inmigrantes del sur y del este de Europa y, por supuesto, de todo el Tercer Mundo, que se considera son inferiores genéticamente.

Estas leyes racistas y los arraigados prejuicios antisemitas impidieron que Estados Unidos ofreciese asilo a los judíos europeos en vísperas de la Segunda Guerra Mundial. Estigma inborrable de aquella época es el “Viaje de los condenados”, en el barco Saint Louis, de casi un millar de refugiados judíos, a quienes Franklin Delano Roosevelt pudo salvar (y no lo hizo) de los campos de concentración nazis.

Pero los que durante más tiempo (más de dos siglos) y con mayor profundidad, han visto el odio y los prejuicios transformarse en política oficial, son los hispanos y, en particular, los mexicanos. El Tratado de Guadalupe-Hidalgo, que puso fin a la Guerra de México y garantizaba los derechos a la propiedad de los nativos, fue violado sistemáticamente y las tierras y las minas pasaron a manos de los anglos por diversos medios, incluyendo la violencia. En las décadas que siguieron, las leyes racistas, llamadas “Greaser Laws” (leyes de los grasientos) consolidaron el estatus de los mexicanos como ciudadanos de segunda categoría.

Sin embargo, el crecimiento demográfico hispano ha sido indetenible y, de continuar la tendencia actual, Estados Unidos se convertirá en una nación de mayoría hispana, con o sin inmigrantes ilegales. La nueva oleada de histeria anti-inmigrante toma como pretexto la necesidad de defender la frontera contra el cruce ilegal de indocumentados, pero lo real es el miedo a una creciente población hispana que está cambiando la faz de Estados Unidos. En 1950 había menos de 4 millones de hispanos en Estados Unidos. Actualmente hay más de 50 millones y es probable que esta cantidad se duplique en los próximos veinte años.

El Ku Klux Klan, que permaneció estático y parecía moribundo, resurge ahora con fuerza, al igual que otros grupos de supremacía blanca, como “Neo-Nazis”, “Posse Comitatus”, “Aryan Nations”, “World Church of the Creator”, “American Skinheads”, “Free Militia”, “Minutemen”, etc., alimentados por fanáticos horrorizados por lo que consideran una marea de razas inferiores que inunda Norteamérica. Menos extremista pero más peligroso por su mayor amplitud es el movimiento fascistoide “Tea Party”.

Todavía no se han borrado las cicatrices de la “Operation Wetback” (operación Mojado) montada por el presidente Dwight D. Eisenhower, durante la cual la patrulla fronteriza realizó grandes redadas en los barrios hispanos, detuvo a miles de personas sólo por su apariencia racial y expulsó del país a cerca de 700,000 personas. Miles fueron llevados en barcos a lugares lejanos como Veracruz con el fin de impedirles el regreso. Todo el desarrollo de la operación se caracterizó por la brutalidad y el racismo. No fue la primera operación de este tipo. Uno de los mayores crímenes en la historia de Estados Unidos fue la deportación masiva de mexicanos entre 1931 y 1934. Con la autorización del presidente  Herbert Hoover, más de 500,000 méxico-americanos, niños el 60% de ellos, fueron expulsados de Estados Unidos. En 2005, el Congreso de California aprobó la “Apology Act” (ley de disculpa) que reconocía “la evacuación inconstitucional y emigración forzada de ciudadanos estadounidenses y residentes legales de ascendencia mexicana”.

La “PATRIOT Act” (Ley Patriota) (6), promulgada el 26 de octubre de 2001, dio luz verde a los cuerpos represivos para espiar tanto a individuos como a organizaciones, realizar allanamientos y arrestos arbitrarios, y encarcelar inmigrantes por tiempo indefinido sin presentar cargos. La “PATRIOT Act” abre una puerta legal hacia el fascismo.

El 16 de diciembre de 2005, la Cámara aprobó la ley anti-inmigrante H.R. 4437, propuesta por Jim Sensenbrenner, representante republicano por Wisconsin. El “regalo” de Pascuas para las familias mexicanas y centroamericanas fue esta ley que convertía en criminal a todo extranjero ilegal, hombre, mujer o niño, y además, a todo el que le hubiese ayudado a entrar en el país o a permanecer en él. La ley transformaba de pronto en delincuentes a los 12 millones de personas que permanecen indocumentadas en el país, cifra seis veces superior al total de la ya de por sí enorme población penal de Estados Unidos. Para la ejecución imposible de esta despiadada y absurda ley habría que multiplicar por seis las dimensiones de todo el aparato jurídico y de todo el aparato represivo del país, con ampliaciones adicionales destinadas a detener, juzgar y encerrar a todos los empleadores, religiosos, médicos, maestros, trabajadores sociales, etc., que hubiesen prestado ayuda de algún modo al inmigrante indocumentado.

l “Department of Homeland Security” (Departamento de Seguridad Nacional),  elefante blanco del presupuesto anual de Estados Unidos, en lugar de emplear los millones a su disposición en combatir el terrorismo –tarea para la cual fue creado-, los emplea en perseguir familias inmigrantes mexicanas, gente sencilla y trabajadora, cuyos antepasados eran los dueños de este país desde Pueblo, en Colorado, hacia el oeste y el sur.

Los agentes de “Inmigration and Customs Enforcement” (ICE) (brazo del Homeland Security) violan actualmente los domicilios de las familias hispanas sin justificación legal y derriban puertas en la madrugada en busca de indocumentados. No es raro que ciudadanos o residentes legales con pobre dominio del inglés y sin posibilidad de contratar abogados, sean deportados erróneamente a México. Los agentes de inmigración, con atuendo de SWAT (7), incluyendo fusiles de asalto y chalecos a prueba de balas, aterrorizan a los trabajadores mexicanos que con frecuencia han vivido muchos años en este país y ven su vida y su familia destruídas en un segundo. No importa si los hijos han nacido aquí y son ciudadanos estadounidenses, no importa si uno de los miembros de la pareja es residente legal, el equipo de la migra tiene que cumplir con su cuota mensual de deportaciones.

¿Es dividiendo y destruyendo familias como el “Department of Homeland Security” combate el terrorismo? ¿Qué añade a la seguridad de la nación el temor de millones de inmigrantes a que toquen en sus puertas en medio de la noche?

Todas estas medidas y leyes son contraproducentes. En otros tiempos, los indocumentados mexicanos entraban a Estados Unidos cuando había trabajo y salían cuando éste escaseaba, generalmente después de recoger las cosechas. Ahora permanecen en el territorio de Estados Unidos porque temen ser apresados al salir o al entrar de nuevo y ser procesados como criminales. Por otra parte, ni los muros más altos, ni los guardias mejor armados, ni turbas enfurecidas, los detendrán, por la simple y humana razón de que sus esposas e hijos en México necesitan de las remesas para subsistir.

La ultraderecha racista, que se opone a una ley de reforma migratoria, ha utilizado siempre las mismas tácticas: generar miedo en las masas, el miedo que profundiza los sentimientos anti-inmigrantes, el miedo que divide a los trabajadores y convierte en conflictos raciales o étnicos la lucha de clases subyacente. “Peligro amarillo”, “peligro islámico”, “peligro hispano”, siempre habrá un pretexto para el odio. Lo irónico es que la abrumadora mayoría de los norteamericanos que se oponen a la reforma nunca han tenido contacto con un inmigrante ilegal. La imagen que tienen de él está configurada por los estereotipos que difunden los medios.

El temor a un cambio del carácter racial y étnico, a un cambio en la identidad nacional, es el principal factor que utiliza la ultraderecha para alentar la fuerte corriente anti-inmigrante actual. La leyes aprobadas en Arizona, en Georgia, en la Florida y en vías de aprobarse en otros estados, pueden generar olas represivas de mayor alcance. Si la depresión económica se prolonga o acentúa, es probable que asistamos a pogroms anti-inmigrantes en algunas ciudades de Estados Unidos.

(1)   Carlos Muñiz Varela, cubano-puertorriqueño, miembro fundador de la revista Areíto y de la Brigada Antonio Maceo, asesinado por elementos vinculados a la mafia terrorista cubano-americana de Miami el 28 de abril de 1979.

(2)   Saint Patrick (San Patricio) patrón de Irlanda.

(3)   Línea de demarcación que simbolizaba la frontera entre el norte industrial y el sur esclavista (Dixie) de los Estados Unidos.

(4)   “Coolie” (culí) fue un término utilizado para designar a jornaleros chinos con muy bajo salario.

(5)   Por Horace F. Page, congresista republicano de California.

(6)   PATRIOT: Providing Appropriate Tools Required to Intercept and Obstruct Terrorism.

(7)   SWAT: Special Weapons and Tactics (armas y tácticas especiales).

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