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Archive for 5/03/08

Como ese conocido mensaje de la Divina Comedia de Dante Alighieri, colocado en el frontispicio del infierno para los que les correspondiese penar por sus pecados terrenales, así, absoluto y categórico, debiera ponerse en las puertas y ventanas de ciertos mercados de la prensa, una inscripción que rece: “Vosotros, los que entráis, dejad aquí, toda esperanza moral”.

A esa, y no a otra conclusión, es a la que se puede llegar al leer el reporte que desde la Habana, Cuba, envió un reportero de la BBC Mundo, el que recibió merecida respuesta por Fidel en su reflexión titulada “Espero no tener de qué avergonzarme”. En su despacho digital, el mercader del deshonor en cuestión, afirma sobre rumores de una acalorada discusión entre Fidel y Raúl, oída por no se sabe quién, y bordada con ribetes de verdad, porque en Cuba, “cuando el río suena…”.

No merecería un comino de atención, el referido despacho, si no fuera porque es una base material de estudio insuperable de este tipo de mercancía, célula clásica, diría Carlos Marx, del almacén global de mentiras. Voy a dejar a un lado los sentimientos contenidos de repugnancia e ira que produce. De haber estado en la Edad Media, el vil reportero habría necesitado varios ejércitos para corresponder a las invitaciones de duelo. 

La Revolución Cubana, que ha sido agredida militarmente de forma directa, que ha enfrentado el terrorismo de estado con miles de víctimas entre muertos y lesionados, que ha tenido que emplear miles de millones de horas/vida de su pueblo para defenderse, bloqueada económicamente por casi medio siglo a un costo cercano a los cien mil millones de dólares, jamás, ni ha usado, ni ha permitido que se emplee, una sola mentira como arma de defensa contra la política de genocidio del  gobierno de los Estados Unidos de América, ni contra la mafia miamense, ni contra nadie. ¡Qué ética la de la  prensa cubana, que combate con armas limpias que no se permite mancillar, ni por la fuerza, ni por la crueldad, ni por la baja catadura moral del adversario!

Pero debemos ponernos en el lugar del otro, que en este caso es el comunicador de la mentira. La realidad sólida de los acontecimientos alrededor de todo el proceso eleccionario del Poder Popular en Cuba en los últimos meses, donde más de cincuenta mil heroicos, (apelando al término heroico, en el sentido guevariano, del heroísmo cotidiano) y, a la vez simples ciudadanos, fueron propuestos como candidatos a órganos representativos, y de ellos, hoy a más de quince mil por derecho propio, el pueblo los llama delegados. Y la naturaleza del proceso, la forma unida y convincente en que el pueblo respaldó la elección de los órganos superiores, y la propia conformación del Consejo de Estado, Consejo de autoridad y prestigio indiscutido; la forma disciplinada, conmovida, pero serena, en que el  pueblo recibió que su máximo líder, Fidel, su líder histórico,  no ocuparía los  cargos que venía desempeñando dentro del Estado cubano, y que la votación unánime de la Asamblea Nacional para la elección de Raúl, segundo Jefe histórico de la Revolución, como nuevo Presidente de los Consejos de Estado y de Ministros, coincidiera con la intima elección de cada patriota cubano, estos hechos, dejaron sin noticia a aquel mercenario de la palabra que vino a pescar algo para la manufactura maloliente del imperio. 

Como hablamos de comunicación, no debemos soslayar al receptor de las groseras mentiras, las patrañas, los rumores y otros subproductos –todos, aunque quizás no en igual grado, mensajes enajenadores- que prefieren una persona humana alejada de los temas cruciales que preocupan a lo más consciente de la humanidad: el sistema necesita mujeres y hombres que estén sumidos en dar coronación a proyectos individuales de vida basados en un conjunto de cosas -cosas mercancías, ya sean una suma de dinero, un guacal de cajas de cartón, o un auto del año-. A estos financistas transnacionales no los conmueve para nada el torrente de frustraciones que provoca el axioma matemático de que la capacidad de sembrar tales ilusiones por el mundo mediático, es infinitamente superior a las realidades económicas de un mundo en crisis, donde la mayor parte de la humanidad ha quedado al margen del desarrollo, si no cambia, como dice Fidel, el curso de los acontecimientos.

Esta industria de la enajenación, por suerte, no conforma de manera directa la conciencia de los pueblos como han demostrado Cuba, Venezuela, Bolivia, Ecuador, Brasil y muchos otros países y acontecimientos en el mundo. La esperanza  estará, como han insistido Fidel y Hart, en que movilicemos lo mejor del ser humano desde los mejores valores de la cultura universal. Por eso pensamos en la responsabilidad personal de los que, viviendo holgadamente  -según la expresión de Ignacio Ramonet- el presente, sean imperturbables frente al sufrimiento humano en cualquier lugar del mundo. No debe sentirse tranquilo aquel que con su silencio cómplice o como simple consumidor de mentiras de los opresores, les deja las manos libres para el próximo crimen. 

¿Tiene Cuba Socialista el paradigma alternativo a estas relaciones de comunicación basadas en el mercado y la enajenación? La respuesta está en el pensamiento de Fidel.  La Revolución Cubana, a pesar de su enorme significado histórico, es un gran experimento, nadie debe esperar de ella el modelo a imitar. Nuestra comunicación social, revolucionaria por esencia, se ha desarrollado en un clima enrarecido por las campañas mediáticas, que a  manera de capa de ozono pretende que toda la luz y las manchas que emanan de nuestra obra, para ser recibidas, deban previamente filtrarse por un gran censor: la opinión de la oligarquía financiera dominante, interfiriendo el paso de la verdad y transformando muchas veces la música en ruido. 

Los fuertes tonos con que reconozco nuestro apego a la verdad, no están animados por el triunfalismo, tendencia que junto a la autoflagelación, recientemente Fidel ha  subrayado como nocivas y contrarias a nuestros propósitos de avance. Pero nadie podría negar que informar y comunicar en las condiciones de Cuba, de permanente exposición a la agresividad del imperialismo norteamericano, impacta de modo no despreciable en el cómo hacemos las cosas en este terreno. Estoy seguro de que en condiciones más propicias no habría, a cada paso, que hacerse la pregunta leninista de, ¿a quién beneficia? cuando iniciamos el análisis público de un asunto concreto.

Muchas veces, obligados por la necesidad de defendernos, se corta por lo sano, y corren igual suerte, tanto los temas de los que se pueden beneficiar nuestros adversarios, como los que -en pro de fortalecernos- fuese  conveniente abordarlos en los medios de comunicación para con la crítica, mover los factores que frenan un asunto, apelar a los resortes morales de los responsables o ayudar a reforzar los valores de nuestro pueblo. Esa ágil gestión, que responda bien a cada caso concreto, en nuestras condiciones, es más que una responsabilidad, un arte. 

Al final, el reportero de la BBC Mundo es también víctima  de un oprobioso sistema, y sin necesidad de atravesar un purgatorio moral, debiera tener, en vida, la oportunidad de redimir sus pecados.

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