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Archive for 10/02/08

Cuentos de guerra

Por Humberto Rovira D.

La consigna del gobierno bushoniano es mantener al pueblo estadounidense unido en las guerras invasoras que practican los EE.UU. lejos de sus fronteras, sobre países débiles cuyos pueblos hambreados, pisoteados y resignados, terminan prestos a abrazar al primer extranjero que les arroja un mendrugo. Por eso, primero, se los invade por aire con misiles y una vez masacrados, se los cañonea desde los mares y los “marines” avanzan por tierra para brindar ayuda (que es puro marketing) a los que quedan vivos después de los daños colaterales.

Estas prácticas no son novedosas: los EE.UU. las han hecho por años en decenas de países de América Central, Asia y África, a través de la propia tropa, de mercenarios o de gobiernos títeres. Claro que jamás se atreverían con Corea del Norte, con China o con Cuba, países que dispuestos a defenderse dejarían al pueblo norteamericano sin madera para los ataúdes, sin lugar para enterrar a sus muertos y con una crisis del sector de seguros de vida que duraría por años.

Pero aún en esos países que son débiles militarmente, después de cada invasión comienza la resistencia con lo que se tiene a mano y es ahí cuando comienzan los problemas para justificar la estadía de los soldados en tierras extrañas y no solo bajo el fuego de morteros, sino prestos a morir despedazados por bombas, por ataques suicidas, por el síndrome de la guerra, y por la locura que origina el consumo de drogas desmedido para poder sostenerse en pie y mantener el fusil erguido mientras son atacados. 

 Acompaña al artículo la foto del Primer premio de World Press Photo, tomada por el periodista británico Tim Hetherington y publicada en Vanity Fair. Muestra a un joven militar norteamericano no identificado, agotado e intentando descansar en Korengal Valle, Afganistán. Seleccionada entre 80.536 imágenes, la foto “muestra el agotamiento de un hombre y el agotamiento de una nación”, según  la conclusión del presidente del jurado que le dio el premio mayor. 

Las cifras más modestas de soldados estadounidenses y de países aliados muertos en Afganistán e Irak rondan los 80.000, los heridos sobrepasan los 110.000 y los suicidios ya suman 10.000. De manera que las aventuras imperialistas no son gratuitas. Lástima que cuestan la vida de seres humanos que no desean estar ahí o que pensaron que enrolándose en las fuerzas armadas tendrían trabajos de escritorio y jamás llegarían a ir al frente.

La única razón por la cual EE.UU. todavía no se retiró con el rabo entre las piernas de estos países es LA MENTIRA. Desde las oficinas del secretario de estado de turno se tejen innumerables artimañas para ocultar al pueblo el saldo que deja la verdadera historia de estas guerras.

Hace cinco años, en ese mismo Departamento de Estado, se creó un área de Relaciones Públicas Internacional al comando de una reconocida publicista cuyo objetivo principal era no solo convencer a los estadounidenses sino a los gobiernos de otros países de la necesidad de imponer por medio de las armas “la democracia en el mundo”. Una estupidez semejante no tenía mucho tiempo de vida y concluyó después de breves escarceos. De modo que se recurrió a la MENTIRA simple y llana. La información oficial habla de 4.000 muertos en Irak y no se hace ninguna referencia a la situación en Afganistán.

Cuando los cadáveres llegan a los EE.UU., por lo general vía aérea, el aeropuerto es cerrado, como mínimo por una hora y la ceremonia de entrega del cuerpo es restringida únicamente a familiares directos. De allí salen en ambulancias y el periodismo es alejado de la zona en un área de 10 kilómetros. El movimiento de ambulancias es común y no puede llamar la atención, por lo tanto, no hay ni responso, ni embanderamientos visibles ni nada que se le parezca. Los muertos de la guerra son SECRETO DE ESTADO y todos los gastos también corren por su cuenta.

No hay duda que el conocimiento de las verdaderas cifras hubieran dado por el traste con la administración Bush hace rato y en este momento el sátrapa estaría más preocupado por evitar a la justicia que por estar extorsionando para sus aventuras bélicas al Congreso de los EE.UU., cada vez que necesita un aumento del presupuesto para seguir manteniendo su infraestructura militar en países que, a pesar de haber sido arrasados, no están vencidos.

En Londres, capital de su principal aliado, en lo alto de un edificio público hay un contador electrónico que arroja la cifra en segundos del dinero que invierte los EE.UU. en la guerra.

Una estadística de hace 10 años hacía referencia a que “por cada dólar que las Naciones Unidas gastan en sus misiones de paz, el mundo invierte dos mil dólares en gastos de guerra.” Bien decía don Teodoro Roosevelt que “ningún triunfo pacífico es tan grandioso como el supremo triunfo de la guerra”. Habrá sido por eso que en 1906 le dieron el Premio Nóbel de la Paz.

Todavía habrá muchas más cruces que instalar en cementerios norteamericanos para honrar a “aquellos que dejaron su vida por la libertad de los pueblos”.

Si ellos lo creen así no hay porque contradecirlos, son sus muertos, no los nuestros… 

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