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Archive for 25/06/09

Por Barbara Vasallo Vasallo

seminario-evangelico.jpgEl presidente del Parlamento cubano se refirió al caso de los Cinco cubanos antiterroristas presos en EE.UU., durante una conferencia magistral ante líderes religiosos en el Seminario de Teología de La Habana

El presidente norteamericano Barack Obama puede ordenar la libertad de los cinco antiterroristas cubanos prisioneros en Estados Unidos, reiteró hoy Ricardo Alarcón, presidente del Parlamento de la Isla.

El también miembro del Buró Político del Partido Comunista de Cuba ofreció una conferencia magistral ante líderes religiosos en el Seminario de Teología de esta ciudad, a propósito del aniversario 80 del Congreso Evangélico Hispano Americano de La Habana.

Alarcón dijo que el presidente Obama tiene en sus manos poner fin a la injusticia cometida contra Gerardo Hernández, Ramón Labañino, Antonio Guerrero, Fernando González y René González.

¿Continuará la impunidad bajo su mandato?, peguntó el dirigente del Legislativo de la Isla y agregó: “Él (Obama) sabe que la Constitución le da al presidente la facultad de retirar la infame acusación que fue la base de un proceso plagado de arbitrariedades y violaciones desde el primer día”.

La negación por la Corte Suprema norteamericana a revisar el caso de Los Cinco, es la más reciente prueba de que el terrorismo anticubano sigue contando en aquel país con el apoyo y la complicidad gubernamentales, aseveró.

Durante el cónclave, que terminará el viernes, los más de 60 líderes ecuménicos de unas 15 naciones, expresaron que concretarán acciones para que los millones de creyentes de todo el mundo se solidaricen aún más con la justa causa de Los Cinco.

(Fuente: AIN)

http://www.cubaperiodistas.cu/noticias/junio09/24/01.htm

PALABRAS DE RICARDO ALARCÓN DE QUESADA, PRESIDENTE DE LA ASAMBLEA
NACIONAL DEL PODER POPULAR EN LA CONFERENCIA COYUNTURA CUBANA.

Conmemoración del 80 Aniversario del “Congreso Evangélico Hispanoamericano de La Habana 1929.

Estimados amigos:

Como el tiempo apremia iré directamente al grano.

El jueves 4 de junio hablando en la Universidad islámica Al-Azhar en El Cairo el Presidente Barack Obama afirmó: “ningún sistema de gobierno puede o debe ser impuesto por una nación a ninguna otra. Estados Unidos no pretende saber lo que es mejor para todos”.

Lo antes citado, es, sencillamente, una obligación elemental de todos los estados y sin embargo forma parte de los esfuerzos de la actual administración estadounidense para proyectar una imagen renovada y conciliadora.

Pero esa idea que se presenta como rectificadora no incluye a Cuba. Nuestro país no tiene lugar dentro de esa visión que busca convencer al mundo de que la actitud norteamericana hacia los demás ha cambiado. Es como si para Washington Cuba no fuese otra nación, careciera de independencia y perteneciera a la jurisdicción norteamericana. Tal es el significado de la declaración emitida por la Casa Blanca el 13 de abril de 2009: “La promoción de la democracia y los derechos humanos en Cuba es en el interés nacional de los Estados Unidos y es un componente clave de la política exterior de esta Nación”.

Lo mismo han dicho más de una vez el Presidente Obama, la Secretaria de Estado Clinton y otros funcionarios de su gobierno.

Si vamos a creerles, ellos sí saben que es lo mejor para los cubanos y pretenden imponerles otro sistema de gobierno porque, después de todo, Cuba no es una Nación sino un territorio carente de soberanía propia.

Esa ha sido, en esencia, la política hacia Cuba de todos los que han habitado la Casa Blanca.

La idea de que Cuba les pertenece o debiera pertenecerles surgió desde que las Trece Colonias de Norteamérica se separaron de Gran Bretaña, antecede al inicio de nuestra lucha por la independencia nacional y ha persistido a lo largo de una historia que ya cumple dos siglos. Abandonar esa idea sería un cambio verdadero, un cambio con mayúscula, aunque, en rigor, significaría acatar la exigencia básica de la convivencia civilizada.

Los mencionados funcionarios han reiterado que mantendrán lo que insisten en llamar, con evidente hipocresía, “embargo” económico contra Cuba. Pese a que el mundo entero no cesa de condenar esa política por su nombre verdadero, “bloqueo”, precisamente, porque la diferencia principal entre ambos términos es que el segundo implica acciones extraterritoriales en perjuicio no sólo de Cuba sino también de toda la comunidad internacional.

En realidad lo que Cuba enfrenta, y resiste hace medio siglo, es mucho más que un bloqueo. Es una verdadera guerra en la que se emplean todos los medios para tratar de asfixiarla económicamente. Al hacerlo han causado graves daños a la sociedad, lastrando su desarrollo material y provocando indecibles penurias y sufrimientos a todos los cubanos y las cubanas.

Tampoco es una guerra económica cualquiera. Es, sin exageración alguna, una política genocida cuyo deliberado propósito es hacer sufrir, provocar el hambre y la desesperación a todo un pueblo. Corresponde exactamente con lo que las Convenciones de Ginebra definen como el crimen de genocidio, el genocidio más prolongado de la historia.

No habrá que esperar por un Nuremberg futuro para conocer los nombres de quienes concibieron el crimen y cuándo y dónde planearon su ejecución. En los años noventa del pasado siglo fueron desclasificados algunos documentos oficiales norteamericanos que, pese a numerosas omisiones y tachaduras, permiten descubrir el empeño genocida que dirigía las acciones anticubanas de Washington reflejado en informes y
actas de reuniones secretas al más alto nivel.

Ya en la primavera de 1959 cuando discutían algunas de sus primeras acciones, encaminadas a eliminar nuestras exportaciones azucareras al mercado norteamericano, el entonces Secretario de Estado reconocía que con ellas “causarían desempleo generalizado, la mayoría del pueblo quedaría sin trabajo y comenzaría a pasar hambre”.

Poco después en un revelador documento que exponía la esencia de su política afirmaron: “La mayoría de los cubanos apoyan a Castro… el único modo previsible de restarle apoyo interno es a través del desencanto y la insatisfacción que surjan del malestar económico y las dificultades materiales… hay que emplear rápidamente todos los medios posibles para debilitar la vida económica de Cuba… una línea de acción que, aun siendo lo más mañosa y discreta posible, logre los mayores avances en privar a Cuba de dinero y suministros, para reducirles sus recursos financieros y los salarios reales, provocar el hambre, la desesperación y el derrocamiento del Gobierno”.

Cuando se escribieron esas palabras el 70% de nuestra población actual aun no había nacido. Ella ha vivido toda su vida resistiendo las privaciones y dificultades materiales, amenazada con el hambre y el exterminio, víctima del bárbaro castigo que el Imperio impuso a sus abuelos y a sus padres por su apoyo a Fidel Castro y al régimen revolucionario. Tampoco había nacido entonces Barack Obama. Él nada tuvo que ver con la aprobación de esa política ni con su aplicación durante muchos años. Pero ahora él es el Jefe del Estado que práctica el genocidio contra Cuba y cuando se ha referido al tema ha reiterado que mantendrá el bloqueo como tenaza para forzar a Cuba a adoptar el sistema de gobierno que Washington quiere imponernos.

El empeño por provocar sufrimientos, despojar a los cubanos de su soberanía y obligarlos a acatar el sistema decidido por Washington se ha expresado también con el empleo de otros medios incluyendo las más abominables acciones terroristas.

Cuando se produjeron los hechos atroces del 11 de Septiembre de 2001 y el pueblo norteamericano descubrió el terrorismo internacional, encontró en Cuba la más completa, sincera e inmediata solidaridad. Los cubanos hemos sufrido acciones terroristas procedentes del Norte durante medio siglo. La mayoría de nuestros ciudadanos ha vivido siempre bajo la amenaza de grupos criminales que han operado con total impunidad desde el territorio norteamericano.

No es una cuestión del pasado. Se trata de la realidad actual, el dato más inmediato, tangible, de la coyuntura cubana en este verano de 2009. La infame decisión de la Corte Suprema de Estados Unidos, el 15 de junio, de no aceptar la petición que se le hizo para que revisase el caso de nuestros Cinco compatriotas presos allá por luchar contra ese flagelo, es la más reciente prueba  de que el terrorismo anticubano sigue contando en aquel país con el apoyo y la complicidad gubernamental.

Los jueces actuaron conforme se los solicitó la Administración Obama. Sin una palabra, sin ofrecer la menor explicación, ignoraron groseramente las peticiones que les formularon respetuosamente diez laureados con el Premio Nobel, centenares de parlamentarios, decenas de organizaciones de juristas y de defensores de los derechos humanos que representan a muchos millones en todo el mundo.

El terrorismo internacional recibió el respaldo oficial de Washington el pasado 15 de junio. Los propios criminales lo reconocen abiertamente. Desde ese día se les puede ver otra vez, ante cámaras y micrófonos en Miami, con total desvergüenza, alardeando de sus fechorías, anunciando nuevos ataques contra Cuba y amenazando a otros pueblos de América Latina. ¿Qué dicen al respecto en Washington? No me refiero a la Corte Suprema que, ya se sabe, tiene la mudez por virtud. Pero el Presidente Obama habla en público todos los días.

¿Continuará la impunidad bajo su mandato?

En sus manos está poner fin a la iniquidad cometida contra Gerardo, Ramón, Antonio, Fernando y René. Él sabe que la Constitución le da al Presidente, solo a él, la facultad de retirar la infame acusación que fue la base de un proceso plagado de arbitrariedades y violaciones desde el primer día, que ha sido el único condenado por un grupo imparcial de expertos de Naciones Unidas y ha concitado el más amplio repudio en todo el mundo, un proceso espurio que jamás tuvo justificación.

Él sabe también cuan fácil es retirar una acusación. Lo hizo el primero de mayo de 2009 con relación a tres personas que fueron encontradas culpables de haber entregado a Israel informaciones militares secretas capaces de colmar los anaqueles de una biblioteca pública.

En el caso de nuestros Cinco compatriotas es muchísimo más fácil. Cuenta con dos poderosos argumentos. Ambos son prueba irrefutable de la prevaricación de la que han sido víctimas y que el juicio de Miami no fue más que una farsa grosera y sórdida.

Gerardo, Ramón y Antonio fueron acusados falsamente de “conspiración para cometer espionaje” y condenados a perpetuidad. La Corte de Apelaciones de Atlanta, en septiembre de 2008, unánimemente, decidió anular las brutales sentencias contra Ramón y Antonio porque ninguno de los tres había poseído o transmitido información de carácter secreto o militar ni había hecho nada en perjuicio de la seguridad de
Estados Unidos.

Durante más de diez años la poderosa maquinaria de mentiras del Imperio -ese engendro que se hace llamar medios masivos de información- los calumnió como si fuesen peligrosos espías y algunos persisten dolosamente en hacerlo. Hubo que luchar tanto tiempo para que el Tribunal de Apelaciones reconociera lo que se sabía desde el primer día. Ahora habrá que luchar ante los tribunales para lograr la inmediata libertad de Ramón y Antonio que no cometieron espionaje alguno y la de Fernando cuya sentencia injusta y exagerada a 19 años de prisión también fue anulada por la Corte de Apelaciones por otros errores.

Esa misma Corte, sin embargo, pese a reconocer que Gerardo Hernández tampoco había realizado espionaje decidió ratificarle el castigo a prisión perpetua. Esta insólita arbitrariedad era una de las razones que sustentaban la petición de revisión que el Tribunal Supremo rehusó considerar.

La otra acusación formulada contra Gerardo, la infamia de atribuirle participación en un supuesto asesinato que no ocurrió, la puede y debe retirar el Presidente Obama sin mucho esfuerzo. Le bastaría con recordar que eso intentó hacer su predecesor, George W. Bush.

En mayo de 2001, cuando se acercaba al final la farsa judicial de Miami, la Fiscalía General dio un paso que ella misma calificó como algo sin precedente en la historia norteamericana. Pidió a la Corte de Apelaciones de Atlanta retirar la acusación ya que, ante las pruebas presentadas, no podía probarla y conduciría al fracaso que haría derrumbarse el caso contra los Cinco. Denegada la solicitud el Jurado debió pronunciarse sobre la acusación inicial, la que el propio Gobierno reconoció imposible de probar y quiso retirar.

Los miembros del jurado no expresaron dudas ni pidieron aclaraciones y sin vacilar, en pocos minutos, declararon culpable a Gerardo por un crimen que no cometió y por el que ya no era acusado. Tal cosa sólo podía suceder en Miami con un jurado amedrentado por las amenazas y presiones de los terroristas. Sólo jueces prevaricadores pudieron imponerle el castigo más cruel e irracional. Con la decisión del 15 de junio a Gerardo se le ha cerrado completamente la posibilidad de encontrar justicia en el sistema judicial.

Continuaremos la lucha reclamando la inmediata liberación de nuestros Cinco compatriotas. De todos y cada uno de ellos.

El Presidente Obama puede devolverles la libertad y tiene la obligación moral de hacerlo y hacerlo ya. Para persuadirlo se requiere la más urgente y amplia movilización en todas partes.

Por ello comprenderán ustedes que he estimado necesario dedicar el mayor espacio a esta cuestión. Después de todo ustedes representan a millones de personas cuyas conductas se rigen por una ética del amor y la solidaridad, inspiradas por la voz milenaria que convoca “a predicar buenas nuevas a los abatidos, a sanar a los quebrantados de corazón, a pregonar libertad a los cautivos y a poner en libertad a los oprimidos”. (Isaías 61.1, S. Lucas 4.18).

Agradezco la invitación a participar en este encuentro para conmemorar el aniversario 80 del Primer Congreso evangélico hispanoamericano. Próximamente conmemoraremos también el décimo aniversario de la Celebración evangélica cubana.

Se trata de actividades de la mayor importancia. Grande es la contribución que pueden hacer los cristianos, todos, sin excluir a ninguno, especialmente, como justamente señala Sergio Arce Martínez, cuando estamos “frente a las tentaciones que proceden de la apertura de Cuba al mundo ancho y ajeno del Capital, tan diferente y contradictorio al nuestro”. Sergio tiene toda la guevariana razón al proclamar que “el socialismo es un proyecto fundamentalmente ético o no es propiamente socialismo”.

Realizar ese proyecto, defenderlo y perfeccionarlo, es tarea a la que la Patria nos convoca a todos.

Seminario Evangélico de Teología de Matanzas
23 de junio 2009

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Por Juan DIego Nusa Peñalver

alba-tres-nuevos-paises.JPGHugo Chávez, presidente de Venezuela, destacó la importancia histórica de la incorporación de Ecuador y de otras dos naciones caribeñas a la Alternativa Bolivariana de los Pueblos de Nuestra América (ALBA), al inaugurar hoy la VI Cumbre Extraordinaria del grupo en Maracay, estado de Aragua.

Al iniciar la cita en un hotel de la ciudad de Maracay, a unos 120 kilómetros al oeste de Caracas, Chávez recordó que el ALBA cumplirá cinco años el próximo diciembre y dijo que en ese lapso se han celebrado seis cumbres extraordinarias y otras tantas ordinarias, de acuerdo a una transmisión de la televisora regional TeleSur.

\”Nos honra la incorporación de Ecuador\”, dijo Chávez, quien también subrayó las nuevas adhesiones al grupo regional de San Vicente y las Granadinas, y Antigua y Barbuda.

El Presidente venezolano destacó el carácter antiimperialista de esta alianza, en referencia al ALBA, y la calificó de espacio de construcción de un modelo nuevo.

Con las nuevas incorporaciones oficializadas este miércoles, el ALBA, integrado por Venezuela, Cuba, Bolivia, Nicaragua, Honduras y Dominica, pasa a tener nueve miembros plenos, además de dos observadores, Paraguay y Granada.

José Ramón Machado Ventura, primer vicepresidente de los Consejos de Estado y de Ministros de Cuba, preside la delegación de la Isla al magno encuentro en Maracay.

La delegación de la nación antillana la integran, además, Ricardo Cabrisas, vicepresidente del Consejo de Ministros, y el canciller Bruno Rodríguez Parrilla.

http://www.granma.cubaweb.cu/2009/06/24/interna/artic26.html

(AIN)

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Las mentiras de la derecha continental ante la anulación de la injusta separación de Cuba socialista del seno de la Organización de Estados Americanos. II parte

Por Orlando Cruz Capote *

castro-en-caracasEn primer lugar, que no existe una declaración del gobierno venezolano, en los documentos de la OEA de entonces (bien archivados en Washington y en otros países, incluso en el Archivo del Ministerio de Relaciones de la República de Cuba-MINREX), que diga que en 1962, oficiales cubanos estén en ese país matando soldados y asesinando a campesinos, porque esa no es la ética de los revolucionarios cubanos: no se asesina a nadie, ni a oficiales, soldados y a gente inocente, y porque además no fue cierto.

 

En segundo lugar, que no fue Venezuela quien propició la expulsión de Cuba de la OEA, aunque tomó parte en la conjura y expresó que Cuba perturbaba la paz del hemisferio; en tercer lugar, el gobierno de Cuba no era un adversario mortal para Venezuela, solamente esta última dio cobija a la contrarrevolución cubana-americana, incluyendo a Luis Posada Carriles y Orlando Bosh, entre otros muchos, quienes trabajaron para los servicios de inteligencia de ese país, en la primera época de Carlos Andrés Pérez y quizás, antes y después de ese ADECO corrupto; en cuarto lugar, cuando sí se produjo una ayuda más numerosa de combatientes cubanos en ese hermano país fue entre 1967-1969, (Luis Báez / Secretos de Generales, Editorial SIMAR, S.A., La Habana, 1996) y allí murió en un desembarco el Comandante cubano Briones Montoto, pero esa presencia fue a solicitud del movimiento revolucionario venezolano, y estos guerrilleros -entre los que se encontraban de otras nacionalidades- no fueron derrotados por el Ejército constitucional venezolano, si no que fueron victimas de las divisiones internas en las fuerzas de izquierda de ese país, que se fueron a la vida política-electoral dejando a sus camaradas de combate -no sólo cubanos, sino venezolanos- en las montañas y las selvas, aunque otro grupo de compañeros de las mismas y otras fuerzas revolucionarias ayudaron a salir a los cubanos en la operación de rescate más grande realizada por los servicios de seguridad cubanos -según contó en un libro el Comandante Manuel Piñeiro Lozada (Barbarroja), y estos regresaron a su patria; en quinto lugar, Cuba nunca fue la causante de la expulsión ni de las sanciones en la OEA, fue la política agresiva y hostil de los gobernantes norteamericanos, de sus élites de poder conservadoras y reaccionarias y las oligarquías burguesa-terratenientes de América Latina y el Caribe, incluyendo a su casta militar siempre proclive a liquidar el ejercicio democrático y libre de los pueblos, quien arremetió contra el proceso revolucionario cubano por temor a su ejemplo moral (Luis Suárez Salazar Barbarroja / Selección de testimonios y discursos del Comandante Manuel Piñeiro Lozada, Editorial TRIcontinental-SIMAR S.A., La Habana, 1999).

 

Y en sexto lugar, porque la presencia cubana actualmente en la Venezuela Bolivariana que dirige Hugo Rafael Chávez Frías, con el Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV) no es de intromisión en los asuntos internos de ese país, y no se controla nada como expresa el periódico “El Nacional”, si no debían hablar de los miles de médicos, enfermeras y técnicos cubanos de la salud, de la Misión Cultura en Barrio Adentro, de los maestros, instructores de arte y de educación física que hicieron que la población fuera alfabetizada y que tenga otra forma de vivir con dignidad y honor, pero que se hace en forma solidaria, como cooperantes y complementación internacionalista entre dos pueblos y gobiernos hermanos, iniciadores e impulsores de la Alternativa Bolviariana para América Latina (ALBA).

 

Pero démosle argumentos históricos y políticos a esa derecha dolida y virulenta para que se den cuenta de su error malintencionado, lleno de odio y con mucha carencia de educación y cultura histórica y política.

 

Una aproximación a la verdad histórica

 

No pretendemos repetir lo que ya hemos publicado en las páginas digitales cubanas y que tuvo amplia repercusión en los medios alternativos de izquierda y de otras altitudes, incluso de variado espectro ideo-político. Pero resulta indispensable refrescarle la memoria histórica a los desdibujados y malintencionados derechistas venezolanos de la actualidad, aunque también los hay de vieja data como los entonces de izquierda Pompeyo Márquez (este elegido Secretario General del Partido Comunista de Venezuela- PCV, en 1957), y Teodoro Petkoff (líder del Movimiento Al Socialismo-MAS), entre otros conversos y trasvestis políticos de mala especie que hoy se encuentran en la oposición de Chávez, el primero un viejo ricachón y desprestigiado en la televisión por un joven revolucionario que lo acusó de traidor, y el otro viviendo en los EE.UU. y que fue Ministro del gobierno de Rafael Antonio Caldera Rodríguez, perteneciente al partido COPEI, el inventor de la concertación y la alternancia democrática en el poder, más conocida como el Pacto Fijo, entre ADECOS y COPEYANOS.

 

La verdad histórica no debe ni puede ser pisoteada y debe salir a la luz y alguien debe de salirle al paso a esa mentira que de seguro se repetirá en otros medios de (in)-comunicación masiva.

 

Ante el contexto hemisférico y mundial muy adversos, uno de los primeros pasos de la política exterior de la Revolución Cubana, triunfante el primero de enero de 1959, fue la de insertarse en el sistema de relaciones políticas internacionales, en especial, en su región geográfica natural, la América Latina y el Caribe, a pesar de la omnipresencia de los EE.UU. y de su instrumento panamericano, la OEA, creada en 1948, del Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca (TIAR-1947) y la Junta Interamericana de Defensa (JID) fundada en 1946. Pero esa incorporación cubana se realizó con un nuevo discurso que llevó como sello indiscutible el signo político del bloque socioclasista que había tomado el poder en la Isla. Tal proyección internacional tenía que ser necesariamente patriótica-popular, nacional-antiimperialista, latinoamericanista, tercermundista, solidaria y en plena correspondencia con la actitud que asumieran los gobiernos con respecto a Cuba. (Orlando Cruz Capote / La Revolución Cubana, Latinoamérica y el Caribe en 1959, en cuatro partes, Cubacoraje, Lapolillacubana.cu, Kaosenlared y otros medios digitales alternativos, diciembre de 2008)

 

El Comandante en Jefe Fidel Castro lo hizo tangible en un programa televisivo en el primer trimestre de 1959, cuando expresó que “[...] Se habla mucho de antiimperialismo, pero un antiimperialismo verbal [...] Nosotros lo primero que hemos hecho aquí, es restablecer plenamente nuestra soberanía nacional, como un derecho del pueblo cubano, y de una manera abierta y clara y terminante. [...] Después hemos promovido la necesidad de estrechar los vínculos entre los pueblos de América Latina; primero, sobre una base de identificación política, sobre una base de identificación con una causa justa, con la Revolución Cubana, que ha servido en este momento de vínculo entre los distintos pueblos de la América Latina. Les hemos pedido el respaldo a los pueblos de la América Latina; les hemos dicho que estamos conscientes de que la fuerza de la opinión pública de  los pueblos de la América Latina la necesita la Revolución Cubana para triunfar. [...] Una de las primeras cosas de las que deben convencerse los pueblos de América Latina, es que tienen que eliminar ese cáncer que se llama las castas militares, y que constantemente están en acecho de los pueblos para tratar de subyugarlos”. (Fidel Castro Ruz / Comparecencia por CMQ- TV, La Habana, 6 de marzo de 1959, Versiones Taquigráficas del Consejo de Estado, Archivo del Instituto de Historia de Cuba).

 

En los primeros pronunciamientos de la dirección revolucionaria posterior al triunfo del Primero de Enero de 1959, se evidencia una línea de continuidad con respecto a aquellas concepciones y expresiones proclamadas en el exilio y luego en la Sierra Maestra y, aún más, la prosecución del ideal latinoamericanista solidario de las epopeyas libertarias del siglo decimonónico y de lo mejor del pensamiento y accionar revolucionario radical y antiimperialista del siglo XX. Al unísono, continuaba latente y con pleno potencial, el espíritu nacional revolucionario y latinoamericanista de la gesta liberadora y social cubana en sus diferentes períodos y etapas. Por eso, en un lugar prominente, la dirección revolucionaria se declaró partidaria del respeto inalienable de cualquier pueblo de implantar en su país el sistema sociopolítico y económico que decidiera; contraria a la violación de los principios de no intromisión e intervención en los asuntos internos de otros Estados; acorde con la idea de la convivencia, la cooperación, la amistad y la solidaridad entre los gobiernos y pueblos, y abanderada de la lucha por el desarrollo y la paz hemisférica y mundial.

 

En ese afán de búsqueda de unidad y articulación urgente, la vanguardia política cubana distinguió dos grupos fundamentales de formas de gobiernos en la América Nuestra: las democracias burguesas representativas y las dictaduras. Hacia cada una de ellas se elaboró una política diferenciada, e incluso, muy variada al interior de cada una de las mismas.

 

Esclareciendo meridianamente la posición cubana acerca de la interpretación del derecho internacional y la solidaridad entre los desposeídos y oprimidos, el máximo líder del proceso revolucionario afirmaba, el 24 de abril de 1959, desde el Parque Central de Nueva York que, “[...] Desde aquí decimos que Cuba y el pueblo de Cuba y los cubanos, dondequiera que estemos, seremos solidarios con los anhelos de liberación de nuestros hermanos oprimidos [...] No quiere decir que nosotros vayamos a intervenir en otras naciones, porque hay un principio que es vital para los pueblos de nuestra América, el principio de no intervención, el derecho a que no se intervenga en nuestros pueblos [...] Se nos ha preguntado si creemos que las revoluciones deben exportarse y hemos respondido que no [...], que las revoluciones se hacen por los propios pueblos, que los propios pueblos son capaces de conquistar su libertad. Pero hay algo que los pueblos oprimidos necesitan y es la solidaridad. [...] sembremos fe y estaremos sembrando libertades; sembremos aliento y estaremos sembrando libertades; sembremos solidaridad y estaremos sembrando libertades. [...] Cuba está ahí. Allá en nuestra patria tienen acogida generosa los perseguidos políticos. Allá en nuestra patria los demócratas de todo el continente encontrarán siempre el aliento y la fe de todos los cubanos”. (Fidel Castro Ruz / Discurso en  el  acto  de  masas en el Parque  Central de Nueva York, el  24 de abril  de  1959. En, El Pensamiento  de  Fidel  Castro. Selección temática,  T. I, Vol.II, Instituto de Historia del Movimiento Comunista y la Revolución socialista de Cuba, Editora Política, La Habana, pp. 608-609).   

 

De esa forma, fueron duramente repudiadas las dictaduras de República Dominicana, Paraguay, Nicaragua y  Haití, las cuales fueron emplazadas y criticadas en la arena internacional, ya fuera en el marco de la OEA o en la Organización de Naciones Unidas (ONU), proclamando que la Isla sería una segunda patria para aquellos combatientes que necesitaran de un exilio seguro y una base  de apoyo para continuar la lucha en sus países. Muy en especial, fueron acusadas las tiranías caribeñas de Santo domingo y Haití. Hacia estos gobiernos tiránicos, aunque no se tomó la iniciativa de romper las relaciones diplomáticas, a excepción de Santo Domingo, se establecieron vínculos de muy bajo nivel o de una relación crítica, realizándoseles denuncias sistemáticas por violar los más elementales derechos humanos de sus ciudadanos, además de ser serviles lacayos de los imperialistas norteamericanos y componentes esenciales de su sistema hegemónico.

 

En fecha tan temprana, como el 15 de enero de 1959, Fidel Castro en un pronunciamiento en el Club de Rotarios, en La Habana, además de resaltar la importancia y el significado del proceso revolucionario cubano para los demás pueblos latinoamericanos, condenó a la dictadura trujillista, la acusó de ponerse del lado de las campañas anticubanas de algunos círculos de poder y de la prensa norteamericana y profetizó el derrocamiento inevitable de ésta y otras tiranías en el hemisferio gracias a la lucha mancomunada de sus pueblos, el apoyo solidario de los gobiernos y pueblos democráticos y progresistas del continente. Y el 22 de enero, en una conferencia de prensa, definió su pensamiento bolivariano y martiano, ante la pregunta de un periodista, al decir que, “[...] Yo quisiera, un sueño que tengo en mi corazón [...] sería ver un día a la América entera unida y no solamente dándonos la mano ahora para resolver nuestro problema, sino ser todos una sola fuerza como debiéramos serlo, porque tenemos la misma raza, el mismo idioma y el mismo sentimiento. [...] Esto tal vez sea una utopía, pero yo les digo mi sentimiento en eso. [...] Se le han hecho muchas estatuas a Bolívar y muy poco caso a sus ideas, es la verdad [...]. ” (Fidel Castro Ruz / Conferencia de prensa, en el Hotel  Habana Riviera, la Habana, 22 de enero de 1959, Idem., p. 565.)  

 

Magnitud especial tuvo la referencia hacia el caso puertorriqueño. Al respecto expresó que “[...] soy martiano sobre el problema de Puerto Rico. Usted sabe que Martí era partidario de un Puerto Rico libre. [...] Creo que esa es una opinión  que la puedo sostener, un sentimiento que emana de nuestra tradición libertadora [...]” (Fidel Castro Ruz, Idem., p. 607.) La solidaridad con los presos políticos nacionalistas de esa pequeña Isla hermana fue incesante así como la lucha por su liberación inmediata. También se convirtió en accionar de primera línea de la incipiente política exterior cubana, la reincorporación del caso borinquen al grupo-comité de des-colonización de la ONU y, con ello, el reinicio de lograr su inclusión en la lista de países coloniales a los cuales Estados Unidos debían otorgarles su independencia y soberanía, aunque en la década del 50 le había concedido el eufemístico status de “Estado Libre Asociado”.

 

Los pronunciamientos de solidaridad con las causas justas y democráticas y el rechazo a los gobiernos totalitarios-tiránicos tenían sólidos basamentos. Y no solo vistos desde el ángulo político y diplomático sino a través de una óptica revolucionaria y ética de profundas raíces humanistas, que estaban en correspondencia con el pensamiento antidictatorial que animó la lucha político insurreccional y con la política democrática-popular de la Revolución Cubana. Como lo afirmó el historiador y politólogo haitiano Gerard Pierre Charles, al escribir que “[...] Cuba no solo instaba a la opinión pública y a las naciones del continente a combatir a esos regímenes, sino también proclamaba su derecho y decisión de brindar toda clase de ayuda a los revolucionarios de estos países, en su combate emancipador”. (Gerard  Pierre-Charles / El Caribe a la hora de Cuba, Casa de las Américas,  La Habana,  1981, p. 183).

 

La Revolución Cubana necesitó insertarse en su medio natural geográfico, histórico, lingüístico y cultural fundamental, aunque con una visión latinoamericanista y antiimperialista, por lo tanto nacional y anti-panamericanista autóctona, siempre del lado de los pueblos y las fuerzas sociopolíticas más avanzadas. Ello además le granjeaba prestigio y le permitía consolidar un amplio movimiento solidario para con su proceso revolucionario. Y este objetivo debía lograrse con principios, pero con una realpolitik que les permitiera, sin concesiones, una selección crítica hacia cuáles gobiernos democráticos burgueses podía asociarse o coexistir, aunque fuera transitoriamente, para lograr el propósito cubano de preservar su Revolución y lograr la unidad latinoamericana. En tal sentido fue significativo el nombramiento de Raúl Roa García en febrero de 1959, como embajador cubano en la Organización de Estados Americanos y en junio como Secretario de Estado, luego Ministro de Relaciones Exteriores de la República de Cuba. La presencia de esta personalidad revolucionaria en las esferas del poder político, a pesar de la continuidad de algunos ministros reformistas, despertó amplios resquemores y recelos no solo en las autoridades de Washington, sino en las propias democracias representativas del subcontinente y sus oligarquías en el poder, porque su amplia trayectoria política latinoamericanista y antiimperialista era destacable desde la década del 30 del propio siglo XX.

 

Los discursos iniciales de éste y otros dirigentes de la Revolución Cubana, llamando a las masas populares a incorporarse de manera protagónica a los cambios, eran observados con admiración por parte de algunos y, como un mal ejemplo a seguir, por la mayoría de los políticos burgueses tradicionales. No obstante, el impacto del éxito guerrillero rebelde y revolucionario cubano fue in crescendo y su repercusión marchó simple y llanamente indetenible en la opinión pública subcontinental. En esa lógica, la naciente Revolución debía aprovechar ese eco positivo en muchos sectores, incluso burgueses -aquellos que proclamaban su derecho nacional capitalista, separados de las ansias monopolistas exógenas-, por servir de ejemplo en la lucha anti-tiránica y contra la dependencia norteña, levantar la solidaridad con el proceso en curso, evitar un aislamiento prematuro del mismo y neutralizar las intenciones norteamericanas de desviar y revertir el cauce revolucionario isleño. Se trataba de alejar al máximo posible la intervención estadounidenses y un dictamen-pronunciamiento de la OEA en contra de la Revolución Cubana. Y a decir verdad, estos últimos objetivos se lograron en cierta medida durante ese primer año 1959. Todos los gobiernos latinoamericanos y caribeños reconocieron al nuevo gobierno de Cuba. Esta actitud estuvo justificada, en parte, porque los EE.UU. habían dado ese paso el 7 de enero. 

 

Por ello, y gracias a la política diferenciada hacia las democracias representativas burguesas, el primer gobierno en reconocer al joven proceso revolucionario fue el de Venezuela y no por azar. Ello sucedió el 6 de enero de 1959, un día antes del reconocimiento de Cuba por los EE.UU. Como tampoco correspondió a la contingencia el hecho de que el inicio del periplo internacional del Comandante en Jefe Fidel Castro, por los diferentes países del hemisferio y el mundo se diese en tierra bolivariana, país al cual arribó el 23 de enero de 1959. Ese fue el pueblo que había derrocado al dictador Marco Pérez Jiménez en 1958. Allí comenzó “La Operación Verdad” en la cual Cuba, en las palabras de su máximo líder, expuso tempranamente las ideas de la Revolución y, al mismo tiempo, intentó desbaratar las campañas insidiosas en su contra, a raíz de los juicios llevados a cabo contra los criminales de guerra, con todas las garantías de un Estado de derecho.

 

El caso venezolano ocupó un lugar especial en los intentos de Cuba revolucionaria de reinsertarse en la región. La oposición democrática y progresista venezolana había derrotado al régimen dictatorial de Pérez Jiménez. Poco después hubo un tránsito democrático que llevó al poder y a la presidencia de ese país, al Dr. Rómulo A. Betancourt. Tal proceso interno venezolano sirvió de acicate a los revolucionarios cubanos en la contienda guerrillera y clandestina contra Batista. Además, el triunfo popular venezolano amplió la base de solidaridad hacia Cuba, al convertir a ese país latinoamericano-caribeño en la sede de uno de los principales grupos de exiliados político-revolucionarios cubanos. La Radio Rebelde, inaugurada el 24 de febrero de 1958, contó a partir de entonces con la posibilidad de reproducir y amplificar con mayor potencia su señal de trasmisión hacia Cuba, gracias a las instalaciones venezolanas a las cuales tuvo acceso y apoyo.

 

También en esa capital se celebró la reunión entre las diferentes fuerzas insurreccionales y oposicionistas a Batista, en julio de 1958, firmándose el conocido Pacto de Caracas. Asimismo algunas expediciones aéreas que trajeron armas y otros medios para la lucha guerrillera se organizaron y partieron desde tierras venezolanas. Esa amistad y solidaridad provenía desde las gestas independentistas latinoamericanas encabezadas por El Libertador, Simón Bolívar, el cual en una carta escrita en Kingston, Jamaica, el 6 de septiembre de 1815, expresó que, “[...] Es una idea grandiosa pretender formar de todo el Mundo Nuevo una sola nación con un solo vínculo que ligue sus partes entre sí y con el todo. Ya que tiene un origen, una lengua, unas costumbres y una religión, debería, por consiguiente, tener un solo gobierno que confederase los diferentes estados que hayan de formarse [...] ¡Qué bello sería que el Istmo de Panamá fuese para nosotros lo que el de Corinto para los griegos! Ojalá que algún día tengamos la fortuna de instalar allí un augusto congreso de representantes de las repúblicas, reinos e imperios a tratar de discutir sobre los altos intereses de la paz y de la guerra, con las naciones de las otras tres partes del mundo. [...] Las islas de Puerto Rico y Cuba que, entre ambas, pueden formar una población de 700 a 800.000 almas, son las que más tranquilamente poseen los españoles, porque están fuera del contacto de los independentistas. Más, ¿no son americanos estos insulares?, ¿no son vejados?, ¿no desean su bienestar? [...]” (Documentos. Simón Bolívar, Colección Literatura Latinoamericana, 2da Edición, Casa de las Américas, La Habana, 1975, pp.41-43). Y retomando el tema de portorriqueño y cubano, en una misiva dirigida al General Andrés Santa Cruz, Bolívar reafirmó, en 1827, que ”[...] Parece llegado el momento de que hagamos la deseada expedición a La Habana y Puerto Rico, pues que ninguna ocasión se presenta más favorable. La Inglaterra nos dará buques y dinero. Así debe Ud. tener las tropas colombianas y peruanas en el mejor pie de marcha para cuando yo las pida”. (Idem., p. 319).

 

No era nada extraño entonces que entre las democracias representativas burguesas en América latina y el Caribe, la nación venezolana ocupara un lugar especial para Cuba revolucionaria. Esta actitud estaba también respaldada por la actitud hostil del dictador dominicano Rafael Leónidas Trujillo contra el proceso democrático de ese país. En aquellos momentos, en el panorama político latinoamericano, Venezuela democrática aunque burguesa, era la antítesis de la República Dominicana dictatorial.

 

Las coincidencias políticas e ideológicas de los procesos cubano y venezolano no eran ni siquiera lo más importante para promover un compromiso o una alianza de Cuba y las fuerzas representadas en el gobierno de Caracas -muy heterogéneas en su espectro ideopolítico-, en especial, de su Presidente Rómulo A. Betancourt, sino lo básico fueron las movilizaciones populares encabezadas por los trabajadores sindicalizados y los estudiantes venezolanos, fundamentalmente, que se sucedían en esa nación solicitando mayor radicalización de su proceso y que, además, mostraron de inmediato una gran solidaridad y apoyo hacia la Revolución Cubana.

 

Para el Gobierno Revolucionario constituyó una política de principios apoyar y encontrar una mancomunidad con ese pueblo y las fuerzas progresistas de la Venezuela democrática con el fin de enfrentar de forma unida las campañas difamatorias contra los dos gobiernos, respaldar la lucha del pueblo dominicano y, como corolario, contar con el voto favorable a Cuba del gobierno venezolano en la OEA, y el voto de Cuba a favor de la tierra de Bolívar en el mismo organismo regional, en caso de que fueran sentenciados por los EE.UU. y sus acólitos.

 

Y tales fueron los múltiples objetivos de la visita de Fidel Castro a ese hermano país entre el 23 y el 27 de enero. Pronunciando varios discursos, brindando entrevistas y reuniéndose con el Presidente Rómulo Betancourt, así como con otros ministros, senadores y representantes, el 25 de enero, el máximo dirigente cubano hizo llegar la verdad de Cuba al pueblo y gobierno venezolano. Allí expuso los propósitos de la Revolución en la Isla en su presente y para el futuro y, como punto clave, se conversó acerca de la realidad dictatorial en República Dominicana y se acordó, entre ambos mandatarios, un plan conjunto para ayudar a los patriotas de ese país. Ello evitaría que el sátrapa quisqueño continuara sus planes desestabilizadores contra Venezuela y Cuba.

 

La idea de crear y apoyar una fuerza dominicana e internacional para derrocar al dictador se la hizo llegar el mismísimo  Rómulo A. Betancourt a Fidel Castro. Este último fue receptivo a los planteamientos venezolanos, no por la propuesta de su presidente, sino por los principios internacionalistas que sustentaba la Revolución. Además, se previó -a juicio de este autor- la posibilidad de iniciar la creación de un frente común, con dos países en un comienzo, contra el imperialismo norteamericano, los gobiernos tiránicos y los más clientelistas y seguidistas al mismo. A Cuba le era necesaria una revolución o frente continental para poder hacer frente a la ya incipiente embestida imperial norteamericana y de sus seguidores.

 

El llamado de solidaridad del máximo líder cubano con el proceso democrático venezolano llegó hasta el extremo de expresar la convicción, en el Congreso de ese país el 24 de enero, de que Cuba estaba dispuesta a apoyar al pueblo bolivariano no solo moralmente sino con el posible envío de hombres y armas en caso de agresión externa. Fidel expresó en aquel momento histórico que, “[...] De ahora en adelante, sepan los tiranos que para hacer daño a Venezuela, hay que contar con Cuba, así como hay que contar con Venezuela cuando se piense en dañar a  los cubanos. Allá tenemos hombres y armas para cuando se necesiten [...]” (Fidel Castro Ruz Discursos para la historia, Imprenta Gall, Monte 516, La Habana, 1959).

 

A pesar de las presiones norteamericanas y algunos antagonismos con las dictaduras de Trujillo, Duvalier (hijo), Somoza y contradicciones con el gobierno de Panamá, Cuba logró reinsertarse en el panorama político latinoamericano y caribeño, aunque con ciertas limitaciones políticas y económicas. Ello constituyó un logro de la joven diplomacia revolucionaria, a pesar de algunos acontecimientos que fueron aprovechados por los EE.UU. y algunos gobiernos de la región para acusar a Cuba de intervencionista y convocar a la OEA, para analizar las tensiones en el Caribe.

 

Por otra parte, algunos de los principios básicos de esa política regional diferenciada, según el carácter democrático-representativo o dictatorial de los gobiernos, tuvieron también una rápida aplicación práctica hacia los regímenes que tenían un orden represivo a lo interno de sus sociedades, un rumbo exterior anticubano y un alto grado de entreguismo con respecto a los Estados Unidos. La solidaridad con los movimientos revolucionarios fue la respuesta cubana.

 

*Dr. Orlando Cruz Capote, Investigador Auxiliar, Instituto de Filosofía, Cuba

 

(Continuará)

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Por Juan Carlos Camaño

Cambia_ObamaLa Corte Suprema de Estados Unidos rechazó el recurso de apelación en el caso de los cinco cubanos que continúan, bajo diferentes tipos de torturas, cumpliendo condenas aberrantes en el país de “la libertad”. A pedido del presidente Barack Obama, se disparó otro tiro a favor de la injusticia, para vergüenza de la humanidad.

 

Esa supuestamente benévola característica de estadista, con mirada a larga distancia, que se pretende atribuir al actual presidente de Estados Unidos, para hacer un futuro diáfano y humanístico, no es más que una inconfesable intención de dejar el pasado donde se prefiere que quede: muerto y olvidado. La invitación a mirar no más que el futuro indescifrable conlleva, reafirmamos, no sólo pasar la historia a degüello, si no –en el vértigo de nuevas injusticias- atropellarse el presente; como si nada. De ahí que suenen exactas las palabras de Ricardo Alarcón, presidente de la Asamblea Nacional de Cuba, cuando hace poco más de un mes citando al filósofo danés Soren Kierkegaard, decía: “La vida se vive hacia delante, pero se entiende hacia atrás”.

 

Antonio Guerrero, Fernando González, Gerardo Hernández, Ramón Labañino y René González, han sufrido hasta aquí, después de casi once años en diferentes prisiones de Estados Unidos, torturas físicas y síquicas, llevadas a cabo con la finalidad de que se confesaran culpables de delitos que jamás cometieron: por ejemplo, “preparar actos terroristas contra Estados Unidos”, algo que nunca se probó en ninguna instancia judicial y que, en su momento, año 2005,  obligó a la Corte de Apelaciones del Onceno Circuito de Atlanta, a revocar por unanimidad las condenas y a ordenar un nuevo juicio: admitiendo, entre otras cuestiones, una para nada menor al reconocer los argumentos de la defensa de Los Cinco, quienes demostraron la existencia de planes terroristas para atentar contra Cuba. Los Cinco, recordamos, contaban con esos elementos y lo hicieron saber, en su momento, al gobierno de Estados Unidos, al que, además, lo informaron de posibles actos terroristas dentro de ese país, por parte de conspicuos mafiosos de la comunidad cubano americana, con sede principal en Miami y base de operaciones en otras ciudades del mundo.

 

En un proceso judicial viciado de nulidad, por donde se lo analice, los grupos de presión cubano americano –apelando a persecuciones, amenazas, atentados- vienen desplegándose mediáticamente, con un arsenal más que importante: ejerciendo, subliminalmente o a cara descubierta, una sostenida operación tenaza sobre abogados, secretarios de juzgados y jueces. Y no todo lo que ejecutan refiere a la muerte: sus actividades de enorme influencia en las llamadas “administraciones gubernamentales” cortan o agilizan ascensos en las carreras de magistrados. De eso también se trata. Por lo cual el juicio se asemeja a una farsa, pero más que eso: forma parte de la sostenida e interminable guerra contra Cuba. 

 

Las afrentas a Los Cinco antiterroristas cubanos y a sus familias –víctimas de diversas vejaciones y de violaciones a sus derechos humanos, por parte de la justicia yanqui y de sus instrumentos represivos, se inscribe en la larga guerra contra un pueblo al que Estados Unidos no encuentra la forma de domesticar, de derrotar. Ni con el garrote, ni con la zanahoria. Y eso, frente a las ilusiones que origina la “Obamamanía”, molesta a los tontos que creen ver en el juego de “una de cal y otra de arena” una salida negociada, aunque ello implique que Cuba se ponga de rodillas, aunque más no fuere un poco. Al fin de cuentas Obama no es Bush y Cuba –muy especialmente Fidel- debería entrar en razones: abdicar ante el imperio y renunciar a la verdad y la justicia. Detalles que, en sociedades sin principios ni dignidad, ya se hubiesen canjeado por un plato de frijoles.

 

 

http://www.cubaperiodistas.cu/noticias/junio09/23/02.htm

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